Los pasos atrás de Saddam.
09.01.07 @ 11:18:28. Archivado en Internacional
Viendo las imágenes de las celebraciones por el ahorcamiento de Sadam Hussein, me vienen a la cabeza unas declaraciones de un vecino de Alcasser después de que aparecieran los cadáveres de las tres crías. Por entonces yo tenía 11 años, era la eclosión de los realities con ¿Quién sabe dónde? a la cabeza y TVE, en un acto que caminaba de puntillas por la fina línea que separa el morbo del interés nacional, hizo un especial desde ese pueblo consternado y sin habla. Paco Lobatón preguntó a uno de los vecinos qué hacer si encontraban al asesino y éste propuso quemarlo públicamente en una de las plazas. No sé qué le respondió exactamente Lobatón, pero sí que se le cambió la cara y le dijo que se movía por el odio del momento. Entonces el vecino respondió que no, que era por justicia. El presentador, sensatamente, cortó una conversación que no tenía salida, y yo me imaginé la escena de un pueblo que vitorea la muerte en vivo de un asesino. Y acordándome ahora, me preguntó qué hacía yo con once años viendo aquello. No encuentro un responsable directo a mi pregunta, pues hay realidades de las que es imposible escabullirse. Aunque mi madre me hubiese apagado la tele, los niños habríamos comentando ese brutal y omnipresente crimen en el patio del colegio.
No comparto la idea de aquellos que dicen que uno no puede alegrarse por la muerte ajena. Las personas nos ganamos el cariño en vida, con lo que es normal que festejes (o que al menos reconozcas que no lo sientes) el fallecimiento del que te hizo daño. Otra cosa es que la sociedad y lo políticamente correcto nos hagan simular que los escondemos, pero es imposible: el odio y el desprecio, como el amor, son sentimientos tan legítimos como instintivos. Por eso comprendo perfectamente al vecino de Alcasser, a los cubanos de Miami que tienen botellas de champagne enfriando en la nevera esperando a que Castro muera, a los chilenos que salieron a descorcharlas apenas hace un mes y a los iraquíes que acabaron el año en la calle soltando aleluyas por el ahorcamiento de Saddam. Por el contrario, no puedo justificar la pena de muerte por mucho criminal que se cuelgue a instancias del pueblo. Me es absolutamente ininteligible una sociedad democrática (y en teoría sensata) que perpetra asesinatos legales y que un tipo como Bush (tipo que, por otro lado, ha demostrado siempre bastante poca sensatez) diga que es un paso adelante en el camino de Irak hacia la democracia.
Sin embargo, la noticia más escalofriante la escuché hace unos días y fue una consecuencia de este ahorcamiento casi retransmitido en directo. Si los actos violentos posteriores a la muerte de Saddam eran previsibles y lo que a saber nos llegará, también; lo que nadie jamás imaginó fue que tres niños se ahorcarían después de ver las imágenes. Una de ellas, una india de quince años, la más mayor, contó a su familia que quería sentir el mismo dolor de Saddam al que calificó de patriota. Sus padres, como era normal, no le hicieron mucho caso y ocurrió la desgracia. En Pakistán, un niño de nueve años fue ayudado por su hermano de diez a colgarse de un ventilador, y en Texas, otro de similar edad hizo lo mismo sin la colaboración de nadie. Los tres estaban en diferentes lugares del mundo, no se conocían de nada, ni se habían comunicado entre ellos vía chat, pero tuvieron razonamientos muy similares y, salvo ella, los otros creían estar jugando y jamás pensaron que iban a morir.
Los defensores de lo que puede o no verse por TV y que propagaron los momentos previos pero no la ejecución en sí, los mismos que nos relatan los pormenorizados detalles de cualquier crimen pero no muestran las imágenes, olvidaron que la imaginación es siempre peor que la realidad. Yo, por ejemplo, reconozco haber visto el video en Internet grabado con un móvil en el que se ve a Saddam morir y es tremendo, pero mi fantasía lo había creado mucho peor. A estos señores no se les ocurrió que la curiosidad es un arma mucho más potente. Y a nosotros, adultos ya insensibilizados por el montón de muertos que vemos al día en TV mientras comemos, follamos o nos cortamos las uñas de los pies, se nos ha hecho imposible proteger a los niños tan sólo un poco de la realidad en la que vivimos. A fin de cuentas, Saddam es uno más, sólo que se le da un poco de más cancha.
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Eduardo Durán
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