Palabras.
02.01.07 @ 09:20:54. Archivado en Cine, Nacional
Espero que tengan un buen 2007, y lo escribo con la sonrisa congelada y casi con tinta invisible para no decir muchas tonterías. Ya quisiera yo desearles y desearme un feliz año, pero no puedo, es bastante quimérico creer que en éste estaremos mucho mejor. Imposible cuando hace dos días había democracias orgullosas de ejecutar a dictadores y terroristas que demostraban seguir siéndolo. Sin embargo, no me queda otra que buscar un regustito agradable. Esa necesidad de un mínimo de alegría y de ilusión por lo que se encontrará tras la esquina, va tan pegada como la piel al ser humano. Y yo, desde pequeño, doy con éstas en las películas. Sé que es contradictorio, pero siempre me consuela la ficción, me purgan los problemas y asuntos de los demás cuando estos son de mentira, algo que ahora encuentro en la amalgama de historias que nos brindan Guillermo Arriaga y Alejandro Gozález Iñárritu en Babel. Al menos el cine nos hizo un hermoso regalo a finales del 2006.
Cuenta el Génesis que en tiempos remotos, cuando en la tierra sólo había una lengua, todos los hombres se pusieron de acuerdo para hacer una torre altísima con la que llegar al cielo y, así, a Dios. Pero cuando Yaveh vio la ambiciosa construcción y el grado de comunión que se había establecido entre ellos, los disgregó temiendo que llevaran a cabo todo aquello se propusiesen. Y en esa dispersión surgieron las diferentes lenguas con las que nos expresamos hoy. Nació también, por tanto, la incomunicación a la que estamos condenados en la que nunca nadie parece comprendernos ni expresarse bien del todo. Por ello se la llamó Babel, porque allí confundió Yahveh la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los mezcló por toda la superficie, concluye.
Todo esto le ocurre a los personajes de Arriaga e Iñárritu (y también a nosotros): desorientados, profundamente solos aunque vivamos en grandes ciudades, éstas nos volvieron aún más desconfiados y es casi imposible entenderse. Hay en el mundo, ya sea en Marruecos, los EEUU o Tokio (tres de los lugares donde transcurre la cinta), tal miedo y escepticismo que nadie nombra lo mismo de igual manera, si es que alguien habla sobre algo concreto. Las palabras se tornaron en huecas casi siempre y son dichas por decir, por rellenar el silencio, irreflexivas, sin saber muy bien qué significan. Iguales que las que nos soltó Zapatero a aquellos que quisimos creerle, que nos tragamos ese sí pero no de que todo estaba controlado, que lo tenía entre manos y podía sentarse con los terroristas en la misma mesa. Porque aún quedamos ilusos que confiamos en el poder de las palabras, por mucho que Yaveh nos condenara hace ya bastantes siglos y una excelente película nos lo recuerde.
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Eduardo Durán
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