Venga a nosotros tu reino
25.09.08 @ 12:19:09. Archivado en Enseñanza
En cada ocasión que rezamos el padrenuestro, lo hacemos con la certeza de dirigirnos al Padre, convencidos de que Él se complace en escucharnos, y en atender nuestras peticiones. Desde nuestras propias limitaciones humanas, con actitud filial de confianza nos atrevemos a decirle que “venga a nosotros su reino”, pues, quienes por el bautismo hemos sido hechos hijos de Dios por adopción, es lógico que deseemos que su reino, que ya está entre nosotros, crezca en nuestro mundo.
Desde que Jesús acampó entre nosotros, tomando nuestra naturaleza humana, hizo que fuera realidad aquí la presencia de este reino que el Padre desea instaurar en este mundo. Juan el Bautista fue el primero en hablarnos de la venida de este reino, al decir “arrepentíos porque el reino de los cielos está cerca” (Mt 3, 1-2). Después, en otro momento importante de la fundación de la Iglesia, Jesús dijo a Pedro:” Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra, será atado en el cielo (Mt 16, 18-19).
El anuncio de este reino en su fase temporal se visualiza en la Iglesia el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo derramó sus dones en los apóstoles, reunidos con María, naciendo así el Nuevo Pueblo de Dios.
Si Dios es amor, la ley en que se fundamenta su reino es la caridad con Dios y con el prójimo (Mt 22, 34-40), y la caridad sólo puede producir frutos que nazcan del amor, como la paz, la justicia, la verdad y la libertad.
Todo hombre de buena voluntad está llamado por Dios a trabajar en este reino, por eso, al decir que venga tu reino, afirmamos que deseamos colaborar en la construcción de dicho reino, pues desde la libertad que el Creador nos ha concedido, somos libres para aceptar o no esta llamada. Querer que “venga a nosotros tu reino” es tanto como aceptar que deseamos colaborar en su construcción, apoyados en el amor que Dios nos tiene, para desear hacer felices a nuestros hermanos.
Cada uno de nosotros, desde la libertad, tiene una forma específica de prestar su colaboración, tanto en el campo profesional como en el familiar y social. Los cristianos laicos estamos puestos en el mundo para ser sal y luz en nuestros ambientes, sin dejarnos dominar por las voces de falsos profetas que sólo pretenden dar culto al cuerpo. Nuestra actuación debe estar siempre en sintonía con la ley de la justicia que llevamos grabada en el fondo de nuestra conciencia y, animada con la convicción de ser paladines de la verdad y príncipes de la paz, a ejemplo de nuestro modelo Jesús, sin perder el equilibrio que debe reinar en el interior de nuestro corazón.
Nuestro compromiso por el reino nos obliga a no caer en la tentación que el maligno nos tiende de forma lisonjera, dejándonos llevar por el consumismo y las concupiscencias del mundo. Hemos de velar y trabajar por conseguir en la sociedad unas estructuras que fomenten el bienestar y el progreso de los ciudadanos, apoyándonos en valores éticos y morales emanados del Evangelio.
Con esta actitud filial, que albergamos en el interior de nuestro corazón, de trabajar por un mundo mejor a favor de los hermanos debemos dirigirnos al Padre en el padrenuestro.
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Gonzalo Díaz
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