Santificado sea tu nombre
02.09.08 @ 10:37:17. Archivado en Iglesia, Oración
Desde el inicio de la humanidad la actitud del ser humano ha sido de alabanza, respeto y obediencia hacia el Creador. Tal vez sea ésta la respuesta más adecuada del ser humano hacia su Creador, si nos atenemos a la gran diferencia existente entre nuestra pequeñez y la omnipotencia soberana de Dios. Esta actitud no siempre ha tenido su origen en el miedo o el castigo que el pequeño espera del poderoso, sino que, en muchas ocasiones es fruto de la buena relación paterno- filial que ha existido por ambas partes. Ha sido tal el respeto y consideración de la criatura hacia su Creador, que el segundo mandamiento de la Ley de Dios nos prohíbe tomar el santo nombre de Dios en vano. Sólo en momentos de adoración y de oración debemos utilizar el nombre de Dios.
Echando mano al diccionario, observamos que el verbo santificar se define en una tercera acepción, como: “reconocer al que es santo, honrándole y sirviéndole como a tal”. En el caso de Dios, que es la santidad misma, santificarlo será lo mismo que reconocerlo digno de toda gloria y alabanza. Esa ha sido la consideración del pueblo judío a lo largo de su historia, para el que todo su ser y actuar servía para alabar a Yavéh con todas sus fuerzas. Esta actitud de alabanza hacia Dios debiera estar siempre presente en las personas creyentes.
Al rezar el padrenuestro manifestamos nuestro deseo de que sea santificado su nombre, pero, el buen cristiano no sólo debe confesarlo de palabra, sino que, sobre todo, debe expresarlo con el corazón. Para que sea el corazón el que hable, previamente hemos de entrar en sintonía con Él, conscientes de que lo estamos afirmando con todas nuestras capacidades y potencias. Así es como podremos entrar en total comunión con Dios, y, en esa misma medida, Dios nos abrirá su corazón, ya que es todo ternura y amor. Por muy frágil y mezquina que sea nuestra condición humana, no debemos entrar en su sintonía, llevados del egoísmo ni de la indiferencia o disipación, porque, si así fuera, no tendría resultado positivo alguno nuestra oración. Podemos ser, y de hecho todos los humanos lo somos, frágiles y mezquinos, pero Dios sólo se fija en la conversión del corazón.
Desde el primer momento de cada día que el Señor nos concede en este mundo, hemos de santificar su nombre, pues nuestro vivir debe ser toda una alabanza continua hacia Él, no en vano nos ha puesto en este mundo para cumplir con ese fin. Esto no significa que en cada ocasión tengamos que realizar obras extraordinarias, sino que las que realicemos sean hechas con la mayor perfección posible, tanto si son de nuestro agrado, como si nos sacrifican o no nos gustan.
En tanto cumplamos con nuestras obligaciones lo mejor que sepamos y podamos, estamos santificando el nombre de Dios y colaborando en la construcción de un mundo mejor, que es lo que Él desea.
Los hombres y mujeres adultos deben esforzarse en ser buenos profesionales en sus puestos de trabajo, ejercitando al máximo sus capacidades, como medio de ganarse honradamente su pan y el de sus hijos. En el ámbito familiar, el padre y la madre deben velar por la educación de sus hijos con responsabilidad y cariño, con paciencia y diligencia, sin olvidar que, a veces, educar significa decir no a las actitudes negativas que pueden ir apareciendo en la formación los hijos. En el campo de la convivencia entre vecinos o en el barrio, se santifica el nombre del Señor, manteniendo una amistad sana; con confianza, respeto y tolerancia en las relaciones de convivencia que vayan surgiendo y con una actitud ciudadana coherente, acorde con nuestros criterios políticos, sociales y religiosos.
Si somos conscientes de que Dios preside nuestra vida, hemos de estar siempre dispuestos a apoyar cuantos proyectos de la sociedad secunden la vida y el progreso en beneficio del hombre, pero también hemos de oponernos a aquellos otros que sólo busquen intereses egoístas y propugnen la eliminación de valores éticos y morales que mejoraron el tejido de la sociedad.
Dios nos ama, porque Él es amor y, desde este principio de amor, cuantos proyectos emprendamos o apoyemos, siempre santificarán el nombre de Dios.
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Gonzalo Díaz
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