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Padre nuestro, que estás en el cielo

Permalink 13.08.08 @ 08:31:12. Archivado en Iglesia, Jesucristo

Para hablar con Dios, nuestro Padre, no es obligado hacerlo desde un templo o iglesia, pero sí es imprescindible situarnos en nuestro interior para evitar distracciones y poder centrarnos con el ambiente que favorezca su sintonía. Cuando ya hayamos logrado estar en su presencia, no debemos mostrar una actitud de exigencia ni de miedo. El hijo que conoce a su padre habla con él de tú a tú con confianza, sencillez y sinceridad, con la seguridad de que va a ser atendido.
Hay quien piensa que Dios se siente feliz sólo cuando recibe nuestras oraciones y ritos; ese pensamiento es totalmente erróneo, pues no podemos olvidar que no necesita de nosotros para nada. Nuestras buenas obras no le enriquecen, ni nuestros pecados le empequeñecen; la perfección infinita de Dios no se puede ver limitada por nuestras actitudes. Esta afirmación no conlleva que se despreocupe de nosotros y nos tenga a merced de sus alegrías o enfados. Dios no carece de nada, pues de lo contrario no sería Dios, pero, sí busca nuestra felicidad, pues nos ha creado por amor para que seamos felices.

A veces, nos olvidamos de que (según palabras de San Pablo, “en Dios somos, nos movemos y existimos”) somos parte de Él y habita en nuestro interior. Dios nos sondea, nos conoce y nos acompaña siempre en nuestro caminar. Por eso no es imprescindible elevar los ojos hacia el cielo (el firmamento) para dirigirnos a Él, como si estuviera allá arriba alejado de nuestros problemas y controlando con ojos de halcón justiciero nuestras acciones. La expresión “que estás en el cielo” significa que es espíritu puro, la perfección con mayúsculas y que está poseído e imbuido por la felicidad. Dios no está aquí o allá; está en todo y todo lo llena. Nos conoce mejor que nosotros mismos y lee con total claridad hasta nuestros pensamientos más recónditos, por eso, el diálogo que entablemos con Él en nuestros encuentros de oración debe basarse en la confianza y en la libertad que siempre debe haber entre un hijo y un padre.

Dios conoce nuestra fragilidad y sabe que el egoísmo dirige en ocasiones nuestros pasos hacia actitudes imprevisibles. En más de una ocasión he pensado que, al rezar el padrenuestro, en lugar de decir padre nuestro queremos decir padre mío y de los míos, por la actitud con que nos dirigimos a Él. Si de verdad pensáramos en lo que significa decir “Padre nuestro”, de inmediato comprenderíamos que tenemos otros muchos hermanos, tantos como criaturas humanas pululan por el planeta Tierra, y que la comunión fraterna debiera brotar del fondo de nuestro corazón. Como para una madre todos sus hijos reciben sus desvelos, sobre todo los más necesitados, para Dios no hay diferencias entre sus hijos, sean blancos o negros, ricos o pobres, o de la raza, cultura y civilización que sean.
Si el diálogo entre nosotros y el Padre en la oración del padrenuestro es sincero y damos espacio a la reflexión en el silencio, es muy posible que, antes de exponerle nuestras demandas, que pueden ser muy justificadas según nuestros criterios, escuchemos en nuestro interior su voz que nos dice que cuenta con nosotros para solucionar nuevos problemas del mundo. Dios espera nuestra intervención en situaciones especiales, como, por ejemplo, la inmigración, siendo fieles a la voz del Espíritu. Es sin duda una realidad que ha llegado la hora de convivir con hombres y mujeres de otras razas, credos y culturas.
La encíclica Populorum Progressio, cuyo cincuentenario celebramos, marca las pistas para ayudar a los pueblos pobres a salir de su indigencia. Si nos centramos en el mandato del amor, en la dignidad de la persona y nos concienciamos de que en el mundo hay recursos económicos para todos, será cuestión de utilizar nuestra capacidad intelectual, olvidándonos de intereses mezquinos y egoístas, para que, guiados por la acción del Espíritu, encontremos solución a los graves problemas que sufren nuestros hermanos inmigrantes, hasta el punto de verse obligados a abandonar sus países de origen.
El Señor plantea en la actualidad nuevos retos a los gobiernos europeos de buena voluntad. Si un país necesita la mano de obra de inmigrantes, deberá promulgar leyes justas que permitan su entrada en el país, para que viviendo con salarios dignos, puedan disfrutar de una sana convivencia ciudadana sin tensiones ni discriminaciones.
Abrámonos a la voluntad del Padre que cuenta con el buen uso de nuestras capacidades. Es el Dios espíritu puro, omnipresente y omnisciente que delega en los hombres la construcción de este mundo. Desde la libertad, y confiados en la fuerza del Espíritu, sacudamos nuestra fe dormida y enfermiza, y con actitud decidida recurramos al Padre, con la condición de hijos que desean hacer su voluntad.


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