El adiós a un amigo
15.07.08 @ 22:24:30. Archivado en Familia, Valores
La sabiduría popular dice que un amigo es como un tesoro que se debe custodiar para no perderlo. Qué afortunados se pueden considerar quienes son ricos en amigos. La experiencia nos dice que es difícil poder almacenar grandes dosis de amistad en este mundo, en el que el hombre vive recluido en sí mismo, ya que su consecución se debe a un proceso de relaciones en el que entran en juego las diversas actitudes y caracteres de las personas más cercanas a nosotros. Para conseguir alta cota de amistad, antes hemos de purificar nuestras propias vivencias del entorno en que vivimos y nos movemos, como el oro se purifica en el crisol.
Hay quien afirma gozar de muchas y buenas amistades, aunque conviene puntualizar que no es lo mismo estar dotado de un carácter extrovertido y fácil para la convivencia, que disponer de amigos, a los que puedas considerar tus confidentes y abrirles tu corazón con total confianza y seguridad.
La amistad se fragua en un cúmulo de relaciones sociales que terminan por ocupar la intimidad de nuestro corazón; llegan a convertirse en el asidero en el que te apoyas para actuar en situaciones y momentos extraordinarios. Se puede decir que se trata de una relación entre dos personas, en la que de forma recíproca no sólo se dan y reciben consejos, sino que se busca apoyo en ocasiones de crisis. El amigo es el otro parecido a ti en tu interior, en el que hallas la comprensión y el aliento, con la certeza de que vuestro secreto jamás será revelado. Sin mirar en el diccionario, el sentido común nos dice que la palabra amigo incluye para el otro acepciones tales como, confianza, seguridad, comprensión, sinceridad, ayuda, intimidad, sacrificio, …
Cuando un amigo se va, nos deja un vacío en el alma; consigo se lleva parte de nosotros, aquello que estaba muy guardado en lo más recóndito del corazón; aquello que se compartía de forma recíproca y nos hacía crecer tanto en momentos de crisis como de esplendor. Consigo se lleva secretos que jamás se revelarán, si no es por vía de la fragilidad de quienes se quedan aquí.
Que el amigo se nos vaya no significa que lo hayamos perdido para siempre. Los de aquí sufrimos su separación y seguimos en este mundo, mediatizados por las cosas de aquí, viviendo una vida de imperfección, reflejada en las debilidades corporales y psíquicas (goteras de la vida) que se van adueñando de nuestro ser en su caminar hacia el ocaso. El que se va, por el contrario, ha superado ya el estadio vital de imperfección que se vive aquí, para entrar en otro de total bienestar, desde el que seguirá dando vida a los secretos y encauzará nuestros deseos de felicidad terrena.
José Antonio (Toñín), tú has cultivado, como pocos, el arte de la amistad. Has formado parte de nuestra historia y has enriquecido nuestro grupo de amigos con tu sentido del sacrificio, de la disponibilidad y de la entrega, porque no sólo compartiste con nosotros la mesa en tiempos de ocio, sino que cultivaste otros valores, que nacieron en el seno de nuestras familias cristianas, mientras correteábamos de niños por el Barrio. Practicaste con maestría en la convivencia del día a día, valores como, la honradez, la buena vecindad, la laboriosidad, el amor a las personas y a nuestro pueblo. Fuiste para las gentes de los pueblos de nuestro entorno ejemplo y paladín del alma de Salas pero, sobre todo, compartiste con nosotros el sentido de la trascendencia de la vida, creyendo en el Dios de Jesús de Nazaret: el Padre del Hijo Pródigo.
Que desde la nueva estancia que estás ocupando en la presencia del Padre seas un fiel intercesor por los tuyos y mantengamos, actualizados, los lazos espirituales que a lo largo de la vida fuimos cultivando
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Gonzalo Díaz
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