La madre
21.05.08 @ 11:24:39. Archivado en Enseñanza
No descubro nada nuevo al decir que la madre es el alma del hogar en el seno de la familia. Es difícil imaginar lo que pudiera suceder a los hijos, en sus primeras edades, sin la presencia de su madre. En mi familia he llegado a pensar que la madre ni siquiera puede caer enferma porque, si lo hace, parece que enfermamos todos y que la casa pierde su ritmo habitual. Ella se desvive por ofrecer a los suyos lo mejor y está siempre presente con su sonrisa para dar solución a cuantas cuestiones se relacionen con la educación, el vestido, la comida, …
María fue una criatura de nuestra tierra, y una madre ejemplar, elegida por Dios para enviar a su Hijo al mundo. En su vida mortal, María, adornada con virtudes como la sencillez, la humildad y el servicio, supo mucho de penurias y de contrariedades, pero fue siempre fiel a los planes que Dios la encomendó.
Conocedora de nuestras limitaciones humanas, a lo largo de los siglos, desde que su propio Hijo nos la dio por madre al pie de la Cruz, ha sido la madre fiel y atenta a los problemas de sus hijos, intercediendo ante el Padre en nuestros momentos y situaciones de debilidad. Con el mismo espíritu que arropó a los primeros apóstoles antes de Pentecostés, sigue animando ahora a los cristianos en la misión evangelizadora de su Hijo.
María ha sido y es la Virgen y la Señora, ensalzada y venerada por los cristianos, a la que honramos en miles de templos dedicados a ella, y a la que invocamos con cariño y fervor con diversidad de advocaciones, como: del Pilar, de los Desamparados, de Montserrat, de Guadalupe, el Corazón de María,…
María ha sido confidente y directora espiritual de muchos santos, como San Antonio María Claret en cuantos proyectos misioneros llevó a cabo durante su vida. El Corazón de María fue la fuente donde Claret supo hallar el ingenio, la confianza y la fuerza en el cumplimiento de su misión evangelizadora.
María se dejó querer por Dios, y fue siempre fiel a sus planes. Siguiendo su ejemplo, salgamos de nuestros refugios personales y dejémonos querer también por Dios, convencidos de que su seguimiento fiel nos conducirá hacia la felicidad en esta vida y en la otra.
Estamos ya al final del mes de mayo, mes dedicado tradicionalmente a la Virgen María. Muchos cristianos adultos recordamos aquel ejercicio de Flores a María que diariamente le dedicábamos con tanto cariño y fervor. Ella ocupa un lugar de preferencia en mi corazón, y a ella confío cuantas acciones sociales o religiosas llevo entre manos.
Aunque, a veces, no la imitemos, como debiéramos con nuestras actitudes y obras, no tendría sentido nuestro peregrinar por este mundo sin la presencia de la Señora en nuestros corazones.
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Gonzalo Díaz
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