Paralelismo religioso entre dos siglos
22.04.08 @ 18:19:09. Archivado en Iglesia, Valores
Hace unos días tuve oportunidad de leer en Internet una carta que D. Miguel de Unamuno a principios del siglo XX envió a un pastor protestante, en la que exponía su visión personal de cómo por entonces vivían los católicos la religión en España. Tras su lectura he considerado oportuno hacer un estudio comparativo entre la religiosidad que vivían entonces y la que mostramos en la actualidad.
No hay duda de que los principios católicos de nuestra fe permanecen inalterables, pero entre la actitud creyente de ellos y la nuestra, opino que se aprecia un cierto paralelismo sinonímico, aunque con ciertas diferencias en la forma.
Antes de entrar en materia, cómo me gustaría que mis palabras se contagiaran del bello, correcto y fluido escribir de tan notable escritor de la Generación del 98.
Partiendo de la idea de que en la Iglesia siempre ha habido cristianos ejemplares tanto por su persona como por sus obras, se puede decir que aquellos fueron tiempos de conquista y de misión, aunque se peleara, más de una vez, a cristazos en nombre del Dios del amor y de la paz; éstos, como aquéllos, se distinguen por la relajación de costumbres y por la poca estima del mundo del espíritu. La situación general actual se ha tornado tan laicista que se permite todo porque nada es pecado.
Nuestros abuelos delegaron el asunto de lo religioso en los curas, aunque en ocasiones no se fiaran de sus dogmas y recetas. La intolerancia les corroía tanto como el miedo en pensar por sí mismos. La ociosidad espiritual de entonces les llevaba a todo tipo de excesos. En nuestros días, absortos en el trabajo y en el disfrute del ocio, apenas se siente interés por cultivar los valores del espíritu. Nos dejamos llevar por el consumismo y dar culto al cuerpo, que es lo que prima.
Entonces se consideraba normal que los cristianos no leyeran el Evangelio y, sin embargo, hicieran lentejuelas con pequeños textos de Él, para colgarlos del cuello de los niños, y que las parturientas tragasen papel con una jaculatoria, como modo de obtener la ayuda del Cielo, con el beneplácito de los sacerdotes, por considerarlo como cosa inocente que se hacía de buena fe. En nuestros días nos hemos liberado de ciertos fanatismos de entonces, pero, aunque no está de moda frecuentar los templos para cumplir con los ritos de precepto y con la eucaristía dominical, sin embargo, bautismos, comuniones y bodas, se siguen realizando sólo porque quedan bien de cara a la sociedad.
En la España de inicios del XX, según D. Miguel, era urgente arar los espíritus y abonarlos, inquietarlos y hacerlos fermentar. Llevaban siglos de barbecho y había que añadir a las conocidas obras de misericordia, la de despertar al dormido. En los inicios del XXI se puede decir que muchos de nuestros espíritus se han dormido de nuevo, y sienten la aridez del desierto de la fe, permaneciendo sumidos en pleno raquitismo religioso. Los ritos eclesiales cristianos están pasando al olvido en plena indiferencia religiosa.
Al final de su misiva, D. Miguel, como esperando el milagro, daba un pequeño espacio a la esperanza, presintiendo que alboreaba alguna otra cosa. También en nuestro tiempo, los que nos decimos cristianos comprometidos, hemos de sentirnos optimistas, pues alborea un nuevo resurgir cristiano en pequeños grupos eclesiales, que fieles al Evangelio, pueden ser el fermento del Norte que la sociedad necesita para dar un nuevo sentido a su vida, superando los objetivos materialistas que lo invaden todo.
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Gonzalo Díaz
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