Colación 1947
31.12.07 @ 19:37:30. Archivado en Familia, Valores, Navidad
Aquella noche, antes de ir a la cama, se nos advirtió que debíamos acostarnos pronto por la jornada especial que nos esperaría al día siguiente En nuestro pueblo casi nunca tenía cabida la novedad, las pocas que se producían se reducían a compras de vacas o mulas, o algún viaje que se efectuaba a la ciudad; por lo demás, vivíamos enquistados en la rutina más profunda.
Pues bien, según nos contaron mis padres después de cenar, el día de Noche Buena era muy especial para los niños y niñas del pueblo, ya que saldríamos por las calles a pedir la colación. Para mí encerraba una novedad aun mayor por ser la primera vez en participar por haber cumplido ya los siete años. Mis padres no albergaban el menor temor por mi salida, pues me acompañaría mi hermano, que era año y medio mayor que yo.
Mirad – nos decía mi padre, al darnos instrucciones antes de acostarnos: – pedir la colación consiste en llamar en cada casa habitada del pueblo, calle por calle, pidiendo el aguinaldo. No os olvidéis de ir a casa del tío Jacinto y del tío Clemente, que viven a las afueras del pueblo, junto a la carretera. Tampoco os olvidéis de llamar en casa de la tía Petra, que vive en la plaza, ni de ir a casa de la abuela, que tanto os quiere. Con tantas instrucciones y a tan avanzada hora de la noche, mi cabeza no estaba en condiciones de acordarme de todo, y se me cerraban los ojos, hasta quedarme dormido apoyando los brazos sobre la mesa. Al día siguiente tuve un despertar alegre por no tener escuela, pero, al mirar por el cristal de la ventana me sorprendió que todo estuviera blanco, había caído una copiosa nevada. Temimos no poder pedir la colación, pero, al ver que otros niños se habían atrevido a salir, nuestros padres tampoco nos lo prohibieron. A pesar de la nevada y el frío ambiental, estaba ilusionado por comenzar la tarea.
Lo de pedir la colación el día de Noche Buena era una tradición muy arraigada en el pueblo y en todas las tierras de Castilla. No sé exactamente el origen de esta tradición, pero imagino que estará relacionada con la pobreza que sufrió el Dios – Niño en Navidad, al venir al mundo. En nuestro pueblo, la celebración consistía en que los niños y niñas fueran pidiendo libremente un aguinaldo a cada vecino, que podía consistir en: una manzana, unas nueces, un caramelo, una peladilla, una moneda de diez céntimos (la perra gorda), un huevo, …Los chicos mayores en lugar de llamar en todas las puertas sólo llamaban en las de sus familiares, posiblemente por vergüenza de creer que fuera tarea de los más pequeños, o para ganar tiempo y dedicarlo a jugar a la tuta, al palmo, … Mi hermano y yo, siguiendo los consejos de mis padres, llamamos en todas las casas habitadas del pueblo.
En las estribaciones castellanas del Norte los inviernos eran muy rigurosos, prodigándose el frío y la nieve con intensidad. Eran días de aprovechar el calorcillo de la cocina económica de leña, de las glorias o de las cuadras al calor de los animales. Años atrás, en tiempos de nuestros padres, según ellos, solían ir grupos de niños, acompañados de panderetas y zambombas, cantando por las calles villancicos al tiempo que pedían la colación. Aquel año, los niños íbamos con nuestros zurrones o capazos, muy protegidos del frío, calle arriba y abajo, de puerta en puerta, como si se tratara de las hormigas de un hormiguero. Por miedo a la nieve y al hielo, caminábamos con cuidado por evitar resbalones y caídas, incluso, atentos de no ser alcanzados por los chuzos de hielo que pendían de los tejados.
La jornada fue muy dura, pues, ante la adversidad atmosférica, sólo los niños más osados salimos a pedir la colación. Sin exceso de peso en el capacillo, pero con el cariño de cuantas familias visitábamos, regresamos a casa al final de la mañana, cansados e ilusionados por el trabajo realizado.
Días después, con motivo de la festividad de Reyes, al finalizar la misa, acudimos a casa del señor médico que tenía por costumbre regalarnos la colación en dicha fecha. Congregados todos los niños en torno a su casa, y alineados en fila india, fuimos recibiendo una naranja, con la que regresamos felices a casa, pues entonces las naranjas no se comían todos los días.
Cómo han cambiado las cosas desde entonces, incluso, los intereses y actitudes del mundo infantil.
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Gonzalo Díaz
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