Les tendamos una mano
29.05.07 @ 17:43:16. Archivado en Valores, Enseñanza, Inmigración
Cualquier ser humano el primer día que llegó a este planeta, llamado Tierra, seguramente no pidió a sus padres, por anticipado, el poder nacer en una nación, ciudad o pueblo de su preferencia. Parece que la idea en sí es intranscendente, pero, al hilo del contenido que encierran las siguientes líneas, es posible que tenga su sentido.
Ciertamente cada ser humano nace donde viven sus progenitores, aunque, a veces, se den circunstancias por las que esto no se cumple. Abundando en el tema, y guiándonos por la voz de la experiencia, constatamos que los adultos hacen suya la frase: “no sólo se es de donde se nace sino también de donde se pace”.
Esto lo traigo a cuento con motivo de la realidad que viven muchos inmigrantes con los que transitamos por las calles de nuestros pueblos y ciudades.
Para muchos de los que tuvieron la suerte de nacer aquí, se ha hecho ya familiar la presencia de los inmigrantes en sus vidas, disipándose aquellos temores que les invadían en un principio, al pensar que tendrían que convivir con gentes de distintas culturas, razas y creencias.
Han transcurrido varios lustros desde aquellas primeras avalanchas de entrada de inmigrantes en Europa, bien fuera en cayuco, avión o autobús. Es cierto que una buena parte de los españoles nos vamos acostumbrando a verlos entre nosotros, sin querer decir con ello que admitamos su convivencia. Al analizar el habitual caminar juntos por las mismas aceras, la curiosidad me lleva a hacerme la siguiente pregunta ¿qué opinión les merecerá a los inmigrantes el trato que les deparamos? Me estoy refiriendo a los que viven aquí “sin papeles” ni trabajo. Es muy posible que sus respuestas nos sorprenderían y que a más de uno hasta nos sacarían los colores en la cara.
Desde hace cierto tiempo se oye decir que ya no caben más inmigrantes entre nosotros; otros, al contrario, opinan que, si se les facilitara “los papeles”, sí podrían conseguir trabajo, porque se necesita mano de obra.
Como voluntario de Cáritas, me preocupa la situación que sufren muchos inmigrantes por las condiciones tan arriesgadas en que llegaron y por la situación tan precaria en que viven, hasta el punto de peligrar su supervivencia, pero aún me inquieta más que, pese a todo, sigan llegando nuevas remesas en busca de una vida mejor.
Del contingente de inmigrantes “sin papeles”, muchos sufren de forma alarmante el revés de la sociedad, pues no sólo carecen de acceso a un puesto de trabajo digno, sino que por su condición de inmigrantes se les niega el empadronamiento en ciertos ayuntamientos, careciendo de derecho a la vivienda y a la seguridad social. Muchos de ellos lo están pasando muy mal, sobreviviendo gracias a ONGs, como Cáritas, y, aunque me consta que a muchos de aquí se solidarizan con su problema, aún abundan los que “meten la cabeza debajo del ala” como medio de evitarse perjuicios.
No hay duda de que estos inmigrantes no tuvieron la suerte de nacer en un país próspero, pero por su condición de seres humanos les asiste el derecho a vivir errando por nuestro mundo en busca de nuevos horizontes.
Pues bien, muchos de los inmigrantes que se cruzan contigo por las calles están en estas condiciones. Al comenzar hemos dicho que nos vamos haciendo a su compañía, pero, ¿qué nos gustaría que hicieran con nosotros, si nos viéramos en su situación?
Cuando queremos sensibilizarnos con un problema, nos inventamos recursos, si es preciso, para erradicarlo y nos ponemos en busca de soluciones. No nos conformemos con familiarizarnos con su presencia, por el contrario, sintámonos cercanos a ellos y echémosles una mano, siguiendo el dicho tradicional: “Haz el bien y no mires a quien”.
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Gonzalo Díaz
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