El padrenuestro
11.01.07 @ 18:34:10. Archivado en Oración, Enseñanza
Jesús de Nazaret, el Dios que un día tomó nuestra naturaleza humana en Belén, y cuya presencia personal en la historia hemos celebrado en esta Navidad, vino a este mundo para salvarnos, para darnos a conocer al Padre y para ser nuestro ejemplo de vida. En los Evangelios se recogen pocas citas textuales sobre la doctrina de Jesús. En una de éstas se nos indica a los cristianos cómo podemos dirigirnos al Padre en busca de ayuda. Porque comienza diciendo Padre nuestro, se la ha denominado oración del padrenuestro (Mt 6, 7-13)
Reflexionando sobre esta oración, llego a la
conclusión de que es obra de Dios y de que reúne todas las condiciones para dirigirnos a Él. De hecho es la que con más frecuencia se repite en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Hoy vamos a centrar nuestra atención sólo en la primera frase, “que estás en los cielos”.
Muchos cristianos en el momento de rezar el padrenuestro elevan sus ojos al cielo, como si fuera arriba donde Dios hubiera establecido su residencia habitual. A parte de que Dios es espíritu, y por tanto no ocupa lugar alguno, creo que es oportuno analizar el significado de la expresión “que estás en los cielos”. Que estás en los cielos significa que Dios es perfecto y que como tal perfección no necesita de nosotros para nada; que nos puede conceder cuanto necesitamos, si se lo pedimos con fe; que es omnipresente en todas partes y al mismo tiempo, en el cielo y en la tierra; que todo le pertenece, pues es el origen y fundamento de todo lo creado; que es omnisciente y que Él nos conoce y sondea, al habitar en nuestro interior y lee en lo más íntimo de nuestros corazones.
A este Padre, que desea que seamos felices, es al que nos dirigimos los cristianos cuando necesitamos su ayuda, confiados en que nos escucha y nos atiende. No es necesario que elevemos la mirada al cielo, cuando nos dirijamos a Él, sino que bastará con que cerremos los ojos y miremos en nuestro interior para exponerle las necesidades de nuestros hermanos y las nuestras propias, reconociendo con humildad que, por culpa de nuestras limitaciones, estamos necesitados de Él.
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Gonzalo Díaz
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