Aprendiendo a convivir
11.01.07 @ 18:44:55. Archivado en Iglesia, Valores, Inmigración
Ha transcurrido más de un lustro desde que la inmigración está haciendo mella en la sociedad europea actual, y lo que en principio parecía ser sólo algo novedoso y circunstancial, se ha convertido en uno de los problemas de mayor preocupación para los responsables de los países. Todos nos vamos familiarizando con la presencia de los inmigrantes en el desarrollo de la vida ciudadana diaria, y es que, sin apenas darnos cuenta, constatamos que se está produciendo un cambio social profundo, cuyos efectos hasta hace pocos años parecían impensables.
En los inicios del problema de la inmigración se alzaron algunas voces de
protesta afirmando que los inmigrantes quitaban puestos de trabajo a los españoles. Menos mal que en la actualidad es del sentir general que la mayoría de ellos hacen los trabajos que los de aquí se niegan a realizar. Y hasta nos creemos que con la manga ancha que se inventó el Gobierno actual hace ya un año, se ha terminado con el problema de los inmigrantes.
La realidad es otra. El flujo de entrada de inmigrantes continúa siendo intenso, son miles los que deambulan por nuestros pueblos y ciudades “sin papeles ni trabajo”. Basta con acercarse a los despachos de Cáritas o de Cruz Roja o de los Sindicatos para comprobar que esto es así. ¿Cuándo se va a acabar con este problema?
Soy de los que opinan que el problema va para largo. De entre las muchas soluciones que corren de boca en boca entre el pueblo llano se oye que los países ricos monten industrias en sus países de origen para evitar la salida desesperada de sus gentes. También se dice que los países ricos les condonen la deuda externa y les concedan nuevos créditos asequibles a sus posibilidades. Otros piensan que ya es hora de que las multinacionales dejen de explotar sus tierras y sus propiedades, dejándoles engañados en la miseria.
Me atrevo a decir que, mientras las cosas estén como están, todos podemos arrimar el hombro. ¿Cómo? Siendo más hospitalarios con ellos. No es tan difícil darles una sonrisa cuando nos cruzamos con ellos en la calle o sentirnos cercanos a ellos en situaciones que se dan a nuestro alcance. Llevada esta realidad al campo de los cristianos, no estaría nada mal reconocerles como hermanos, y actuar con solidaridad.
Desde el ámbito parroquial, se les puede echar una mano a los que profesan nuestra religión para que se vayan incorporando a nuestras celebraciones religiosas y a nuestros grupos. Hay constancia de que algo de esto se está intentando, pero en general, una vez solucionado su problema laboral o familiar, hacen oídos sordos a las invitaciones de incorporación.
Debemos tener presente que, salvo excepciones, son gente de buen corazón, y que no todos vienen sólo con la intención de ganar un dinero para regresar después a sus países de origen. De entre ellos, algunos piensan quedarse entre nosotros y les gustaría contar con nuestra ayuda para una pronta y fácil adaptación.
Si se cumplen las previsiones, poco a poco debemos concienciarnos de que estamos obligados a entendernos con otros que no tienen nuestro mismo credo, raza o civilización. Si nos lo proponemos, hasta podremos formar un mundo más humano y más sociable.
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Gonzalo Díaz
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