Señora de rojo sobre fondo gris 1)
08.08.08 @ 09:05:00. Archivado en Literatura
Leo la obra, la releo y pienso: es una pequeña gran joya, una coqueta obra de arte. ¿Por qué?
¿Porque su autor va conduciendo al lector, haciéndole avanzar imperceptiblemente hasta que, amable, le acomoda en la primera línea de un drama cotidiano que, con un acompasado monólogo, hace transcurrir ante nosotros?
¿Porque vivimos también, junto a sus propios personajes, el argumento que vertebra la arquitectura narrativa: una humana, humanísima historia de amor?
¿Porque nos emocionamos, nos rendimos admirados ante la excelsa personalidad de Ana, sostén, aun después de fallecida, de la obra toda: de la idea, de la acción y del monólogo?
“No era una mujer devota, pero sí leal a los principios: amaba y sabía colocarse en el lugar del otro”.
Ana, de 48 años, casada felizmente con Nicolás, pintor de prestigio que se adentra en su otoño artístico, es una madre prolija: Ana, Paula, Alicia, Mar, Nicolás, Pablo, Martín y Gus.
“Pero odiaba la rutina, y fue inconstante en sus estudios”.
Es, Ana, el alma mater: entregada esposa, madre atenta, musa marital, mujer emprendedora, administradora familiar...
“Todas las personas singulares están llenas de contradicciones”.
En su quehacer partía de unos breves y acendrados principios: se dejaba guiar según cánones estéticos que la acompañaban desde la cuna.
“Le daban de lado su cinismo, su procacidad, su desfachatez. La genialidad suele comportar estos inconvenientes”, - comentaba, Ana, de un escritor amigo que admiraba -.
Nicolás, su marido, pese a ser un aceptable amador, no logró percibir en vida de Ana la amplia gama de sonidos, de colores, de sabores con que ella sazonaba, a diario, las existencias propia y ajenas.
“La imposibilidad de poder replantearse el pasado y rectificarlo es una de las limitaciones más crueles de la condición humana... Porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”.
Al fin, Ana fallece entre el dolor y el heroísmo, entre atenciones a los suyos: ése era su secreto, su personalísimo gozo, su auténtica vocación.
“Disponía de unas llaves muy precisas para controlar el pasado y el futuro; sabía disfrutar del presente en toda su intensidad”.
Es la cimera historia de un amor excepcional pululando entre las ramas, cimbreantes, de un árbol cordialmente familiar.
“Una mujer - Ana - que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir... A veces bastaba su voz”.
1) De Miguel Delibes. Edic. Destino “Áncora y Delfín”. Volumen 677, 2ª edición. Barcelona, 1991.
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Juan Felipe Simón
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