Hablando de plantas
12.05.08 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
Las plantas son uno de los seres vivos que, surgiendo del Caos, pueblan la Naturaleza paralelamente al hombre. Bien para guarecerse en ellas, para uso simplemente instrumental, para la pitanza, para el fuego…, en fin, el caso es que desde sus orígenes las plantas, en general, prestaron gran ayuda al hombre. Cuando la planta va despojándose paulatinamente de su más severo carácter de medio, de herramienta, el hombre, que la conoce desde siempre, la ve ahora de otro modo, como con ojos nuevos. Entonces, sólo entonces, la planta, la multiforme variedad vegetal, se convierte en objeto de compañía para él. La sigue utilizando, sí, pero… ¡con otro tacto!
Aprecia ahora el hombre en ellas sus gráciles formas, su irisado colorido, su aroma, su arcaico y cincelado heliotropismo. Le muestra finalmente el hombre hasta culto, según variedades y latitudes, y las cultiva para exorno de su cambiante circunstancia, de su hogar. Las plantas si además de tenerlas las criamos, si amén de verlas, olerlas, tocarlas, las sentimos crecer y a nuestro antojo, ganan mucho. Pasan a ser una obra nuestra, por tanto, parte de nosotros mismos.
Se perciben tan indefensas, tan sumisas, tan agradecidas, tan naturales, que no alcanzamos a comprender cómo se las maltrata. Imaginemos una habitación, una calle, una ciudad cualquiera. Está amueblada, adornada, de una de las infinitas formas posibles, de la que más le agrada a éste, a ése, a aquél, pero le falta algo, no se ven flores, árboles, plantas. Seguramente ese espacio estará habitable para quien lo diseñó, parecerá más o menos bonito, cómodo, funcional, pero... ¿acaso no le falta algo? ¿No podría añadírsele un tantito más?
Un mueble, cualquier útil, en tanto no nos sirve asiduamente, ¿no es acaso materia durmiente, desangelada, inanimada, casi inexistente? Por excelente que haya sido la elección de este o aquel mueble ¿no hallamos la sala insulsa, estática, desolada, como un amante olvidado? Una plantita aquí, otra allá, eso sí, cada una en su espacio adecuado, sin olvidar que son seres orgánicos, ¿no entonan el habitáculo, no le insuflan otro aire, no lo hacen más acogedor, más cálido, más visible, incluso más humano?
Pruébenlo, inténtenlo y comprobarán con sus propios ojos, que ya tendrán otros reflejos, lo que decimos. De esta manera lo veía Ortega: “Dime el paisaje en que vives y te diré quien eres”. Les advierto que ya no sabríamos vivir sin plantas. Pero eso sí, como todo en la vida debemos de colocar cada planta donde dé más de sí, donde regale más, donde sea más ella misma.
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Juan Felipe Simón
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