Fiesta de los sentidos
28.04.08 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
Círculo de Bellas Artes de Madrid. Lectura continuada de El Quijote. Fiesta del Libro, de la palabra, de la vida misma a través de la lectura. Una hilera de personas esperando su turno para leer en público, siquiera, un párrafo de la imperecedera obra. Gente de toda suerte, mayores, jóvenes, niños, quiere participar en la festividad, en el homenaje a don Miguel de Cervantes, y quizá también a sí mismos. En esto un señor que se acerca a la mesa cercana al atril, en la que los lectores esperan mientras se les va indicando el párrafo concreto que les tocará leer. El aspirante, de porte apuesto y elegante, va acompañado de una joven que parece guiarlo con discreción. Efectivamente, el futuro lector resultó estar ciego. El coordinador de la prolongada lectura le muestra entonces al recién llegado otro ejemplar de El Quijote, escrito con los signos propios de quien sólo puede leer ayudándose de sus dedos.
El señor elegante extiende sus manos, con la ayuda del coordinador, hasta que roza con sus dedos el párrafo que le ha correspondido; luego, el lector en sistema braille lo acaricia, lo acota, hasta que lo hace suyo. Cuando el coordinador le dio las gracias a quien recién acababa su lectura en el atril, el apuesto señor se levantó y, conducido con tiento por la joven, se encaminó a relevar al lector anterior. Llega al atril, se sitúa, una empleada que le orienta los dos micrófonos y, mientras el garboso aspirante se apropiaba de la situación el ruido en la sala iba decayendo, hasta que el inicio de su lectura terminó por disiparlo.
Sobresalía por el atril su busto como esculpido en tanto su voz redonda, sonora, se adueñaba del espacio en torno. ¿Qué fue, entonces, lo que me impresionó? ¿Su apostura ante el atril, su atenorada voz, la destreza de sus dedos acariciando el relieve de sus letras…? No, no fue sólo eso. Era, además de su capacidad para leer bien careciendo de vista, su mirar insistente, esa atenta mirada que no dejaba de imantarnos… Sí, eso era. El apuesto lector, mientras iba leyéndonos su párrafo, nos atraía con la mirada, como si nos viera, como si quisiera al igual que a las letras con sus yemas, aprehendernos, hacernos suyos. Era sorprendente comprobar cómo el invidente a la par que nos leía nos invitaba a verle, a cruzarnos las miradas. El invidente lograba, a un mismo tiempo, leer y vernos, divina facultad la suya, propia de almas selectas.
Nos demostraba el invidente, en insólita lección, que se puede ver aun sin poseer vista, escuchar incluso estando sordo, acariciar sin necesidad de tocar, olfatear sin tener nada que oler, saborear sin nada que echarse para degustar. El invidente, qué duda cabe, nos leía, nos veía, nos acariciaba, escuchaba nuestro silencio y se deleitaba con el vaivén del eco de sus palabras. Cuando acabó la lectura un espontáneo aplauso afloró en la sala. El tino de la joven guía lo bajó del escenario y lo condujo a su trajín cotidiano, aunque el excelso invidente continuaría en la sala.
Ahora pienso que lo de aquel elegante lector de El Quijote no eran unos sentidos más o menos adiestrados para la ocasión, no, sino que ya se hallaba colocado en un peldaño superior, porque su elegancia, su saber elegir le había encaminado a la consecución de los más puros sentimientos, como el desfavorecido don Miguel cuando eligió escribir en su vejez la inmortal novela, depurada expresión de los sentimientos más nobles aderezados con la más cruda realidad. Ahí coinciden, creo, el autor y el lector de tan memorable Fiesta de los sentidos.
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Juan Felipe Simón
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