Golondrinas
07.04.08 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
A las seis de la mañana. Desde hace un par de semanas todos los días, a las seis de la mañana, llegan al balcón, que también es suyo, se posan y a coro comienzan a cantarme, a cantarnos a todos su buena nueva, que la primavera ha llegado, que el primer verano está aquí ya. En realidad, más que un cambio de estación nos anuncian un cambio de vida. Atrás quedaron el frío, la inactividad, el recogimiento, las sombras. Nos anuncian las golondrinas con sus trinos que la naturaleza abre sus puertas y nos inundará, lenta pero inexorablemente, de vida, de siluetas, de color y de calor, que a su vez nos invitarán al esparcimiento, a zambullirnos en el nuevo mundo que acaba de estallar… ¡Pero no es esa la ocasión, no es el momento! Hay otras horas en el día para recibir esa buena noticia pero ellas, las golondrinas, no lo ven así, y te dicen tantas cosas importantes cuando casi no podemos ni oírlas, menos aún asimilarlas. Lo que nos dicen está muy bien, pero no a las seis de la mañana, ¡curiosa paradoja!
Eso es justamente, pero al revés, lo que ocurre en algunas sociedades, desde luego en la española. Desearíamos que a cualquier hora, que en cualquier momento alguien, algunos se asomaran a nuestro balcón y nos indicaran que nos demoremos, que nos paremos un ratito a reflexionar, que nos sentemos a rumiar tanta vida atropellada que consumimos sin ton ni son.
Hace exactamente 30 años que la sociedad española, después de una travesía por los desiertos más áridos de su historia, decidió darse un respiro, consensuar una norma de convivencia para todos y cambiar de senda. La dictadura, el odio, la intolerancia dejarían paso a gobiernos, a dirigentes elegidos en las urnas, las leyes se aprobarían por la mayoría y el viento de las igualdades, de las oportunidades comenzaría a oxigenar el contaminado espacio social. La Constitución de 1978 nos invitó a todos a recibir la buena nueva en las calles, en las casas, en los patios vecinales y colegiales. Cualquier hora del día era buena para embriagarse de libertad, de la esperanzada palabra, del soñado futuro…
Han pasado 30 años y todos los sueños no se han hecho realidad. Quedan ETA y sus necesarios colaboradores; queda una clase política alejada de sus conciudadanos, dedicada mayormente a tratar de medrar, olvidada de quienes representan y de la norma que los bautizó democráticamente; queda una sociedad demasiado perezosa, insensible, inactiva, contaminada de ruidos, de imágenes, de metales; quedan grupos de empresarios, de profesionales, de advenedizos que pululan por las fronteras de la legislación y de la ética, actuando como mercenarios de las pasiones más mezquinas; queda por encontrarnos todos en la plaza pública y debatir en esta primavera la necesaria reforma de nuestra Constitución, el rejuvenecimiento de la convivencia social; queda que alguien, que algunos de los nuestros salga al quiosco de la plaza y nos hable, nos detenga, sosiegue nuestras alocadas prisas y sepa ilusionarnos, pactarnos, hablarnos bajito pero muy adentro, como hace 30 años, cuando cantábamos a la libertad recién liberada…
Queda que nosotros mismos a cualquier hora del día, en cualquier momento de esta primavera nos detengamos a escuchar en vez de oír, a ver en lugar de mirar cómo es posible esta eclosión de vida, de luz, de movimiento, de actualización, de perfecta simplicidad si, de cuando en cuando, la naturaleza no se detuviese para poder seguir renovándose indefinidamente...
¡Otra curiosa paradoja! Como las golondrinas, como nosotros.
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Juan Felipe Simón
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