El diario
28.03.08 @ 09:00:00. Archivado en Literatura
…Se veía paseando por el campo, como otros días. El perro zigzagueaba por delante. La mañana era lluviosa pero inusual. Ausentes viento y frío, el agua se dejaba caer mansamente. El celaje aparecía espeso, blando, perlado y, cual caireles sedosos, jirones bajos, muy bajos y premiosos, se desplazaban entre el insensible aire, ¿o era el mismo aire en danza de fantasía? Casi nada se oía, todo invernaba, salvo algún cavernícola que, con ajena técnica pero con su necedad y sin su hambre, asesinaba pájaros a tiros. Sí, la mañana de porcelana casi no respiraba, ¡levitaba!
Tardó algo en reaccionar. Con lentitud, comenzó a mover la mente y los brazos y, tal como alcanzaba a pensar, se encontró en la cama sumido en la tibieza del ropaje. Había sido eso, sólo un sueño, como los tenía todas las noches. Afuera llovía y llovía y llovía.
…Parecía un restaurante, o un bar musical, o una discoteca, desde luego era un local de diversión y no del todo desconocido. Había hombres y mujeres, quizá parejas. Junto a él su mujer charlaba con otros. Él casi no hablaba, miraba sobre todo, y era observado. Desde enfrente una estupenda señora lo abordaba con disimulo. Él, percatado, como con desgana, se dejaba ver, patentizaba los visuales encontronazos. Después de las miradas las palabras. Sobresalía una molesta música, mezcla de ruido y algarabía. La gente parecía divertirse. Su mujer, a su izquierda, proseguía la tertulia, a algunos de sus interlocutores los reconoció.
Se llama Marta, ¿la conozco?, ¿de qué?, y mientras ella le hablaba algo le advirtió de que se sentía mujer antes que nada ―de su rostro, de su figura, se diría, algo me susurra la memoria―. Giraría antes la cabeza a su izquierda, en donde animadamente conversaba su mujer; después, sin poderlo remediar, se citó con Marta. ¡Qué mujer!
¿Sería posible revivir situación tan semejante? Más que lentitud era… ¡recelo! Palpó y repalpó el tapado, también a su mujer, que a su lado dormía. ¿Era realidad o eran meros sueños? ¿Sería realidad soñada o serían sueños transfigurados en realidad? Así se mantuvo un lapso indefinido.
Con suavidad extendió su brazo derecho; sabía, de tantas veces, dónde se hallaba como clavado el interruptor. Encendió la lamparita y con extrema rapidez la volvió a oscurecer. No era la hora todavía pero no quería que se le escapara la ocasión, necesitaba certificar los sueños de esa noche. Dejó la cama y en pijama, sin más abrigo, se introdujo en la salita contigua que le servía de biblioteca. Sentado ante la mesa, tomó del fondo del tercer cajón su diario, que no visitaba tan a diario ni sólo para asuntos rigurosamente íntimos, y lo hojeó hasta la última página escrita.
Antes de disponerse a escribir le dio por releer lo último anotado. Desde muy adentro, y no sin gran sorpresa, se repitió lo que había escrito después de la última fecha: “De hoy destacaré brevemente dos hechos: el matutino paseo con el perro entre la deshilachada y grisácea mañana, y el encuentro y cita con Marta...” Siguió y siguió leyendo con vehemencia, ansioso. A su término, estupefacto, antes de cerrarlo, clavó sus ojos sobre la fecha: 15 de enero le gritó el diario. Lanzó su mirada contra un cercano almanaque y constató que ese día empezaba… ¡hoy! ¡Y era su propia letra! No colocó el diario en el tercer cajón sino bajo su brazo izquierdo. Se dirigió a la puerta del patio, la abrió, salió y lo saludó un agua serena, finísima, que se inclinaba desde un nubaje nacarado. Junto a la casetilla el perro anhelaba su paseo matutino.
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Juan Felipe Simón
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