Fábula de un sueño de otoño
25.03.08 @ 09:00:00. Archivado en Literatura
Ella lucía casi veinticinco años. Mostraba, además, una mirada honda pero clara, adolescente, sensual, preñada de presentes: el futuro a esa edad es tan inaprensible, tan difuso, que el puro instante no lo deja ver. No obstante su ingenua retina parecía reflejar, de vez en cuando, un destello indescifrable, enigmático. Principiaba el otoño y quiso aprender piano. ¿Le atraía en serio la música o era algo en lo que debería de ocuparse esa temporada?
Él se acercaba a los cuarenta y estaba casado, aunque no ejercía de tal, ni lo disimulaba. Enseñaba, lo que sabía, en un estudio de su propiedad y en sus ratos libres, además de tocar, se dedicaba sobre todo a soñar. Teniendo por parroquia el mundo que conocemos y el que vamos descubriendo, soñaba desaforadamente con los innumerables reflejos que, sin cesar, despide todo cuanto la Naturaleza alberga.
Quiso el azar que Elisa se inscribiera en el taller musical que Ángel impartía, invariablemente en su propio estudio, todos los otoños. Desde el primer día ―según pudo imaginarse él después― ella se fijó más en Ángel que en el músico y en sus explicaciones. Le importaron de él más determinados aspectos personales que artísticos: no es que éstos los desechara, no, pero eran simple acompañamiento de una melodía que de Ángel, a diario, le encantaba oír recitar.
Ella masculló alguna vez, con voz queda, que tenía novio. Él, al comienzo, oscilaba entre sus teclas y sus sones. Pero Ángel una luminosa mañana observó algo extraordinario en Elisa: quizá su ingenuidad, quizá su propensión a soñar, quizá su secreta admiración por él o, quizás, su indeclinable adolescencia; seguramente una mistificación de ese paisaje policromado.
A partir de entonces más que de música hablaban de ellos mismos: de sus aficiones, de sus aspiraciones, de sus sueños; sueños que ambos, por separado, ya cultivaban. Las prácticas de taller se sucedían ilusionadamente igual; ella miraba y admiraba, deseaba a Ángel al irlo conociendo, oyéndole contar sus interioridades; él, ansioso de fantasías, de amor, constataba cierta semejanza entre ambos de ideas, de aspiraciones, de sentimientos, y se dejaba arrastrar por la cálida corriente que el atrayente cauce de Elisa le ofrecía.
Acababa el otoño, también el taller musical. ¿Se apaciguaron, culminaron asimismo los deseos cada vez más inervados de ambos? Eso pareció. La despedida fue, más que triste, delicadamente dolorosa. Más hete aquí que, de manera inopinada, a los pocos días Elisa lo llama, lo llama a él: Ángel no se lo podía creer.
Inician al margen de especulaciones, de melodías, una relación cada vez más estrecha. Ella aprovecha la ocasión para abandonar el rescoldo, ya sin color y sin calor, que la mantenía aún relacionada con su novio: el fuego resultaba irreiniciable. Él materializó la ruptura de una unión matrimonial en franco deterioro. Desde ese momento, durante semanas, ambos se lanzaron al maravilloso juego del amor: risas, caricias, puestas de sol, anocheceres. Las tardes se hacían interminablemente cortas, pero amanecería otro día. No cabía duda: estaban fundidos en cuerpo y... ¿en alma?
Todo aparentaba indicarlo así mas una nefasta mañana, tras unas vísperas normales, ella le espeta, balbuceante, que regresa con su novio. Ningún presagio, ningún atisbo: volvía ella en menos de 24 horas con quien había concluido, según sus propias y razonadas explicaciones, algunas semanas atrás. Trataba él de reaccionar: se miraba dentro de sí, preguntaba a los cuatro puntos cardinales pero no hallaba ni una respuesta satisfactoria. Tampoco ella fue capaz de ofrecérsela.
La ruptura se la transmitió, a través de inconexas palabras, por teléfono. No tuvo valor de hablarle, de enfrentarse a su mirada. Nunca más volvieron a verse. Al parecer ella, con la última hojarasca otoñal, tan bella de formas y de rubores, trataría de reencender la inerte hoguera que, durante largo tiempo, había mantenido languideciendo con su novio.
Él, indefenso, desarmado, recibió un cruel manotazo de su querida y siempre adolescente Naturaleza. No es que Ángel ya tuviera proyectado un futuro con Elisa, no era eso, no. Lo que Elisa le hurtó a Ángel no eran proyectos, no era futuro apenas sino que era, por contagio, un vívido, intenso, inesperado, inusitado presente.
De Elisa nunca supo Ángel más, salvo los recuerdos que soportó durante algún tiempo. Ahora Ángel, el músico, el soñador, ha llegado a comprender con alguna claridad que el sueño, los sueños, son una ineludible forma de percibir la realidad humana, quizá una de las que mejor reflejan la condición efímera del ser humano.
Recordemos el final del drama La vida es sueño, de Calderón de la Barca (1600-1681), quien ya descubrió que tras la supuesta irrealidad del sueño se esconde, intacta, una forma de la temporalidad de la vida humana. Oigámosle: “…el soñarlo sólo basta: / pues así llegué a saber / que toda la vida humana / en fin pasa como un sueño, / y quiero aprovecharla / el tiempo que me durare…”.
Más lírico, más sonoro, lo canta a su modo Antonio Machado (1875-1949): “Si vivir es bueno, / es mejor soñar, / y mejor que todo, / madre, despertar”.
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Juan Felipe Simón
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