El rapsoda de Santipetri
22.02.08 @ 09:00:00. Archivado en Andalucía
A Manolo Román,
en memoria de su esposa.
Chiclana (Cádiz)
Se retiraba julio
cansinamente
entre un fervor de suspiros.
El mar, la luna,
testigos casi mudos.
Sentados el aire y la gente,
los barcos en su corriente.
Salpican la noche queda
los oles y los compases
de un grupo de flamenquillos.
Anclada en sus sales viejas
Santipetri se abanea.
En el bar del Náutico
cristales, semblantes,
rebosan reflejos
de néctar y de bullicio.
Ya bajan del escenario
― palidece la madera ―
gitanas y gitanillos.
La luna, blanca y redonda,
por el tejado se asoma.
Flameante, entreverada de velas,
Santipetri vibra ilesa.
Bajo los focos, la escena.
En medio las cuatro esquinas
la mesa, silla de anea
y un micrófono palpitan.
Manolo Román se acerca,
sube, trastabillea
― las Musas que lo enderezan―
y la tarima se inunda
con su sencilla figura.
Lo anuncian,
saluda, carraspea
y urde una fantasía
tal los poetas de Grecia.
La luna, redonda y blanca
desde lo alto lo mira.
Santipetri, centelleante,
redondea sus pupilas.
Comienza con Seguidillas
de otro río tartesio,
hermano del Santipetri,
que al Estrecho se alía.
Centrado ya en su bahía,
medio limón, medio almíbar,
se sumerge en las entrañas
― leyenda y tango―
del indecible Piyayo.
Y en Málaga
(rancio verdial, dulce monte)
se balancea en las ondas
(Ay, de Tus Caracolas)
de una piel salitre y bronce.
Desde el tendido más alto
Caracol, por malagueñas,
acompaña la faena
del mejor Peón de brega.
Luego, Manolo reza:
renuncio a ti.
Quizá le hablaba a la noche
que en barca quería partir.
De repente,
cual volcán incontinente,
borracho de lava y limo,
vomita a su Compañero,
el caballo más amigo
que montara un caballero.
Por último, desde una playita
de la Mar Nuestra
la Lirio pena y maldice
por un querer marinero...
La luna, ebria de espuma,
sonriendo a la bahía.
Santipetri, susurro y bruma,
soñando la fantasía.
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Juan Felipe Simón
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