Homenaje a Curro
20.02.08 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
Me suena y me resuena “Mira la esencia y olvida las apariencias”, el lema que enarbolaba una canción de moda... Se le veía alto, enjuto, metido en años. Su andar era parsimonioso, elegante, difícil de superar. Su rostro era su biografía: la piel de la cara y del cuello se desplegaban agotadas, la barba toda cana, los ojos vagamente azules, quizá de tanto esperar del cielo. Le llamaban Curro a este hombre de campo, gran bebedor, un borrachín, vamos. Cuando el alcohol no le habitaba, fumando y con una prestancia envidiable, se le podía ver pasear camino arriba, camino abajo. A lo anterior habría que añadir una historia familiar poco grata. Aunque no se metía con nadie, pues sólo mostraba pesadez cuando, disuelta su voluntad en una botella de rancio vino, una necesidad concreta lo acuciaba, Curro era eso, un ebrio desgraciado, o viceversa.
Así era Curro cuando lo conocí. Andando el tiempo puso el azar ante él un trozo de tierra inculta, impredecible. Curro acogió los toscos terrones como si fueran hijos suyos. Al cabo de unas semanas la montaraz parcela había transformado su fisonomía: taló, podó, limpió, quemó, cavó, se procuró el agua y, por fin, la tierra agradecida cedió sus frutos. Ya Curro no bebía tanto. La dura tarea, que conocía y saboreaba, que llegaba a dominar, lo alejaba de la absorbente botella. Curro, al igual que el bravío terreno que se halló, ganó prestigio entre quienes lo conocíamos.
No sólo atendía Curro su laborioso huerto, también labraba, primorosamente, el de un vecino. Trabajaba, y duro, como yo nunca hubiera imaginado. Podía ver a lo lejos, a la justiciera intemperie, ya amaneciendo, ya anocheciendo, cómo su frágil silueta no cesaba de inclinarse dando azadonadas en la rebelde tierra: ¡zas!, ¡zas!, ¡zas...! Mi apreciación sobre Curro mejoraba. Alguna necesidad menor ―era empedernido fumador de los invencibles Celtas― hizo que entablase conversación conmigo. Confieso que yo al principio algo recelaba. En el grupo social en que se desenvolvía ―primitivo y rural, aunque eso en sí mismo poco importaba― su fama más que baja era enana. Pero comencé, como decía, a relacionarme con él. Le preguntaba sobre lo que él más conocía, intercambiábamos saludos, opiniones, en fin, pienso que fue considerándome su amigo, consideración que podría ser recíproca.
Pude alcanzar entonces, de Curro, que era un inmejorable trabajador, que también lo había sido antes y, sobre todo, que poseía un gran corazón. Curro era un simple gran hombre, con escasísima fortuna, pero la frescura de su corazón salpicaba intacta: ni el efervescente alcohol pudo disiparla. No sé cuántos de su entorno conocieron realmente Curro. Yo tuve la suerte de saberlo y me enseñó a tener siempre muy presente el estribillo que inicia este homenaje. ¿Qué hubiera sido de Curro de haberle correspondido otro papel, de haberle tocado representar otra vida? Pero Curro sin saberlo, sin quererlo, ya es el ignorado protagonista de un cantarcillo de Antonio Machado: “Nunca traces tu frontera, / ni cuides de tu perfil; / todo eso es cosa de fuera”.
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Juan Felipe Simón
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