Soledad
15.02.08 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
¡Seguramente nadie lo habría creído! Que alcanzara ese hombre, mayor sí, los 82 años de edad, ¿quién lo hubiese imaginado? De agradable presencia, el rosado semblante de su cara, que desconocía los surcos de los mares, se ocultaba tras unas gruesas gafas negras. La mascota que calaba le inspiraba un aire entre rural y patriarcal al mismo tiempo. Y no andaba lento, ni ligero. No aparentaba Ambrosio, desde luego, la edad que se escondía tras su fugaz figura. Quizás le ayudara a eso su mujer.
Isabel, la mujer de Ambrosio, tenía 77 pero… ¡quién se acercara como ella, cuando menos, a su laureada edad! Ya vemos que la edad, ciertamente, no es cuestión de años. A Isabel se le veía risueña, ágil, decidida... El carácter, eso es, el carácter hace mucho. En el matrimonio Isabel era el alma de la casa; Ambrosio, desde luego, era el cuerpo.
Nunca es fácil la vida, o sea, lo que día tras día te obliga a vibrar quieras o no quieras, a hacer algo, a andar hacia alguna parte, a decidir cualquier cosa; no siempre es bienvenido el tiempo que te acerca, irremediablemente, un instante tras de otro: pero así ha sido, así será siempre la vida. Nacidos ambos en un pueblecito serrano, ahora disfrutaban de su jubileo en otro pueblecillo más al Sur, cerca de la costa. Vivían solos en la planta baja de un bloque de pisos, los dos solos pero, cuidado, que el uno era para el otro y el otro era para el uno. Vivían en conseguido matrimonio, sería más correcto precisar. Casi, casi respiraban juntos. Y no crean que no les dio tiempo a procrear. Cinco, cinco hijos, varones y hembras, tuvieron durante los ajetreados senderos de sus vidas, los cuales vivían en poblaciones distintas a las de sus padres.
Ellos, Isabel y Ambrosio, aunque mayores, se las apañaban de maravilla en su pisito. ¿Acaso no gozaban los dos de una salud envidiable para sus edades? ¿Acaso Isabel, una polilla, mire usted, acaso Isabel no es más que suficiente para manejar con creces a la pareja? Gozaban, amén de salud, de un desahogado nivel económico.
Que la eternidad, para quien a veces puede alcanzarla, por supuesto, es algo que veloz se escapa, no lo duda nadie. Ellos vivían largos ratos de manera feliz. Sus cinco hijos, a pesar de los esquinazos de la vida, claro, se encontraban mejor que del otro modo, es decir, mejor que peor. ¡Qué los viejos atravesaban un bachecillo! Sus hijos les ayudaban, para eso están los hijos, ¿no? ¡Con lo que una ha hecho por estos hijos...! ¿Qué los hijos, ya mayores, necesitaban de una manilla? Aquí estoy yo; bueno, aquí estamos los dos, diría Isabel. Ambrosio, a su lado, la mira, la mira y asiente. Ambrosio mira, tan solo mira a Isabel.
Pero una mañana Isabel se levantó malilla. ¿Cómo? ¿Qué te pasa? Ambrosio, sobresaltado, no cesaba de preguntarle, de repetirse, y con tanta obstinación que no se daba cuenta que Isabel iba encontrándose mejor, que no había porqué ponerse así. Pero, ¡ay!, que el veneno de la soledad ya le había clavado sus colmillos a Ambrosio. ¡Qué terrible debe de ser la soledad cuando anida en lo más ingenuo de la animalidad, o sea, en las entrañas de la misma Naturaleza!
Al día siguiente Isabel estaba más rehecha, pero la picadura de la soledad había comenzado por agrietar el alma de Ambrosio. No quería Ambrosio atravesar ya por más pesares ni melancolías. Ambrosio lo que quería, lo que deseaba era sentir a Isabel bien, buena, como hasta ahora, como durante los casi 60 años que llevaban juntos. Si no era así, a su edad, ya no deseaba sentir otra cosa.
Al día siguiente ya lo tenía decidido, aunque Isabel proseguía con su mejoría. Ambrosio ya no quería volver a pasar por lo de los dos días atrás, cuando el malestar amenazó a Isabel (si bien, en realidad, lo amenazó a él mismo), aunque las molestias casi le habían desaparecido. Tomó su bastón, eran las 12 de la mañana, y se encaminó ajeno pero decidido a un riachuelo cercano que costea la falda del pueblo. Ambrosio nada temía, y no es que fuera muy valeroso frente a la enfermedad, frente a los enemigos físicos. Ambrosio es que se estaba adentrando, debilitado por la tarántula de la soledad, sin mirar siquiera atrás, en el riachuelo que separa la vida de lo otro. Justo dos días antes, poco después de que Isabel se levantara indispuesta, Ambrosio había dejado de sentir: ni sintió entonces el dulce aguijón de la soledad ni sentía ahora a las apacibles aguas del extrañado arroyuelo.
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Juan Felipe Simón
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