Carnaval
23.01.08 @ 09:32:00. Archivado en Sociedad
El estrépito se guarecía en la estancia. Aquella tarde, casualmente, habían coincidido ambos ante la barra de madera de aquel bar. El de más edad portaba un terno castaño, como la gorra que le cubría; una taza de vaporoso café acababa de posarse ante él. El otro, más joven pero no demasiado, bebía vino. A ambos se les veía de pie y como recién iniciado el encuentro. El jolgorio del exterior, colándose en espirales, obligaba a elevar el tono de la voz.
“El carnaval, hoy ya moribundo, ha sido la perpetuación en las sociedades cristianas occidentales - decía el señor mayor - de la gran fiesta pagana dedicada a Dionysos, el dios orgiástico que nos invita a despersonalizarnos y a borrar nuestro yo diferencial y sumirnos en la gran unidad anónima de la Naturaleza. Baste esto para que presumamos en él una divinidad oriental”. “Algo de eso me parece a mí - le oí a duras penas responder al más joven -, me parece la fiesta de la espontaneidad, de la lozanía, del buen néctar que nos acompaña y deslumbra”.
“Y en efecto, según el mito helénico - prosiguió mientras sorbía café - Dionysos llega recién nacido de Oriente en un navío sin marinería ni piloto. En la fiesta, este navío, con la figura del dios, era transportado por calles y campos en un carro, en medio de la muchedumbre embriagada y delirante. Este carrus navalis es el origen de nuestro vocablo car-naval, fiesta en que nos ponemos máscaras para que nuestra persona, nuestro yo, desaparezca. De aquí que la mascarita hable con voz fingida a fin de que también su yo resulte otro y sea irreconocible”.
“Hay dos buenas razones, pienso, para celebrar el Carnaval - le contesta el joven mientras va dejando el vaso de vino sobre la encendida madera. La primera para despersonalizarnos, es decir, para dejar de ser, siquiera por momentos, la persona que somos, aunque para ello tengamos que ponernos máscara; en definitiva, para sentirnos otro, el que no somos pero pudimos ser o aún nos gustaría ser, aunque sea por unos minutos, por unas horas. La otra buena razón para disfrutar del Carnaval es para que no olvidemos que provenimos (como los pámpanos que creo adornan la cabeza del gran Dionysos) de la Madre Naturaleza, de su verde y fértil vientre”.
El de la gorra, apurado el café, precisó suavemente: “Es la gran fiesta religiosa de jugar los hombres a desconocerse entre sí, un poco hartos de conocerse demasiado. La carátula y el falsete de la voz permiten, en esta magnífica festividad, que el hombre descanse un momento de sí mismo, del yo que es, e imagine ser otro y, a la par, se libre por unas horas de los tús cotidianos de alrededor”.
Se despidieron sonriendo, cortésmente. El del traje se ajustó la gorra, ladeó su cabeza a ambos lados mientras salía y, sin desviar la mirada, se adentró en la espumosa y variopinta corriente. El otro, el más joven, metió ambas manos en los bolsillos del chaquetón. Antes de abandonar el bar su mano izquierda extraía una máscara que no tardó en colocarse. Al instante se diluyó en una balumba indescifrable.
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Juan Felipe Simón
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