Inteligencia animal
18.01.08 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
La conversación, mientras almorzaban, aleteaba de flor en flor. En esa pausa del trabajo la pitanza era el pretexto para desinhibirse, para la chanza, para aludir, no más, a los titulares de más actualidad (el fútbol lo era siempre); en fin, para charlar un poco, muy poco, pero de casi todo. En ello nos distraíamos los comensales, ahora le tocaba el turno a los animales, cuando uno de ellos, más serio que de costumbre, proclamó: “Pues lo que me pasó con mi gato y unos pájaros ni se lo vais a creer.” El oyente de enfrente, compañero de despacho, lo corroboró: “Es verdad, sí, es verdad, que a mí me lo ha contado ya”. Venga, Juan, que así se llamaba el del caso increíble, suéltalo ya, le propuso otro que respondía por Alejandro.
Se produjo un silencio no acordado y Juan, picoteando entre sus platos, comenzó: “Fue en el patio de mi casa. Estaba limpiando la jaula del canario cuando se presentó allí mi gato. Miraba y miraba al alado pero no se contentaba con eso. Acercándose con lentitud a la jaula, comenzó a lanzar zarpazos muy cerca de los barrotes de la jaula. Lo vi tan metido en su papel, y tan sin ánimo de hacerme caso, que me vi obligado a atraparlo para enseñarle, con una alpargata de esparto, su primera lección de Biología.”
“Como el gato era terco (“sería gata”, lanzó un oyente) y la jaula había que limpiarla de cuando en cuando, las lecciones (si bien cada vez más breves) se iban sucediendo, hasta que nunca más el gato volvió a molestar al canario, aunque la jaula quedase a su alcance.” Mientras relataba, Juan añadía inusuales dosis de vehemencia, tintes de verosimilitud, gestos de trascendencia a sus palabras. “En cierta ocasión, prosiguió Juan, como a mi hermana también le gustaban los animales, le regalé un gorrión vivo que cogí cerca de un nido. Mi hermana lo alimentaba y jugaba con él en el mismo suelo pero el gato, memorioso, no sólo lo respetaba sino que también quería participar. Cuando el gato y el gorrión se tomaron más confianza, era éste el que tomando la iniciativa le picoteaba en las patas delanteras, en los mismos hocicos, incluso pude ver la triangular cabecilla del gorrión asaeteando las fauces del felino. Nunca, nunca se le rebeló el gato. Trataba al gorrioncillo como a un hermano pequeño, esto es, como a un compañero de la Naturaleza.”
“Pero un mal día, continuó Juan, el gorrión amaneció muerto en la cama de mi hermana. Acostumbrado a revolotear por todos los rincones de la casa, también se le posó en la cama. En giro involuntario mientras dormía, cayó mi hermana sobre el gorrión y lo dejó dormido para siempre. En esas mal andábamos cuando, a los pocos días, el gato se presentó en casa con un gorrión entre los dientes, que soltó vivo. Se lo traía a mi hermana, quería sustituir al compañero de juegos que se había ido sin despedirse de él. Pero no se contentó el gato con traer un solo gorrión en la boca. Como me sorprendiera bastante la actitud del gato decidí espiarlo, para averiguar cómo lo hacía. Cuando supe que los atrapaba en la azotea, coloqué un trozo grande de uralita y, ojeando detrás de unos agujeritos que le hice, me dispuse a comprobar cómo cazaría gorriones vivos el dichoso gato.”
Los comensales ya andaban más absortos en Juan que en la comida. Juan iba lanzado: “No tuve que pasar muchas horas oculto detrás de la uralita. Había en la azotea algunas macetas colocadas sobre platos, y en ellos se refrescaban los pájaros. Pronto vi cómo los cazaba. El gato se tendía, ojo avizor, en un lugar estratégico. Un gorrión se disponía al aterrizaje, y lo hizo, pero al tocar tierra ha de dar como un saltito antes de pasar al siguiente movimiento, ya sea seguir saltando o retomar el vuelo. El gato, apenas las patillas del gorrión contactaron con la azotea, y antes de que hiciera el siguiente movimiento, se había abalanzado sobre él y lo había atrapado con su boca pero de tal manera que, sin dañarlo, lo trasladaba al interior de la casa.”
Apenas terminó Juan el relato se produjeron los primeros comentarios. La veracidad de lo dicho pareció mayoritaria. A Alejandro, según manifestó, lo dejó vivamente emocionado. Dijo, entonces, mirando a Juan si bien dirigiéndose a todos: “Estaremos de acuerdo en que el animal tiene más inteligencia, y más corazón, de lo que nosotros creemos.” El asentimiento también fue general. Retomó, Alejandro, la palabra: “Juan, si la Naturaleza es un globo unitario, todo lo que hay en su interior forma parte de ella, incluidos nosotros (seguían todos callados, comiendo). Luego la Inteligencia con mayúsculas, es decir, toda la inteligencia del Universo, es una de las partes integrantes de la Naturaleza (el silencio fue unánime). Por tanto, si los animales tienen más inteligencia de lo que pensamos tendrá que ser, forzosamente, a costa del resto de la inteligencia, o sea, de la que poseemos los humanos, de la nuestra.”
“No sé si me explico”, y prosiguió Alejandro tras un explosivo silencio: “Dada la misma cantidad de Inteligencia en la Naturaleza si los animales, por lo que descubrimos, poseen más, nosotros los hombres habremos de tener menos.” Juan exteriorizaba su convencimiento con gestos inconfundibles. Ambos convenían en lo mismo. El resto de los comensales los miraban furtivamente y… ¡continuaron comiendo!
Fue el día siguiente, cuando le manifestaba que continuaba impresionado con el relato de Juan, que caí en la cuenta de que se trataba de un cazador. No obstante, me aseguró Alejandro con voz solemne: “Lo que nos contó Juan ayer no le ocurrió en ninguna cacería.” Y persistió la emoción, la de Alejandro y la mía.
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Juan Felipe Simón
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