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Fin de la tragedia

Permalink 08.01.08 @ 09:00:00. Archivado en España

Ahora sí, ahora he alcanzado el fin del 3º acto de la extensa tragedia Muertes paralelas, dramatizada por Fernández Sánchez Dragó. Libro denso pero cristalino para quien quiera beber de sus aguas, que transcurren por entre las azacaneadas existencias de sus tres protagonistas a través de la geografía española justo desde 1936, desde el mismo e inocente amanecer de la fratricida contienda. El drama se basa en la muerte de su padre, asesinado a las pocas semanas de iniciarse la infame guerra; la viuda, su madre, y el hijo por nacer, él mismo, son los otros dos coprotagonistas. Pero, simultáneamente, el autor nos va desgranando otras vidas de aquella España sesgadas de manera semejante a la de su padre, otras muertes paralelas, en particular las de José Antonio Primo de Rivera, prometedor político en ciernes, y de Federico García Lorca, joven poeta y escritor ya consagrado.

Hace pocos días publiqué en este blog otro artículo, partiendo de igual asunto pero sin haber acabado aún de leer el libro, titulado Escrita con sangre, en el que me refería a esa terrible guerra como la cenagosa desembocadura natural del serpenteante río de España desde mediados del S. XVII, casi tres centurias atrás.

Tras caer el telón al final del último acto el lector-espectador, como en su día le ocurriría sin duda a su autor, siente una catarsis, una transformación provocada por las múltiples, variadas y terribles experiencias leídas, vistas e interiorizadas en el transcurso de la vasta obra. Personas y familias de toda condición, niños, mujeres y hombres, profesionales y proletarios, creyentes y ateos, idealistas y materialistas, políticos y anarquistas, España diseccionada, que van entrando y saliendo del escenario antes, durante y después de la atroz contienda. Una estampa española que nunca más debería cobrar vida pero que, sin embargo, tras ser contemplada y revivida con horror y compasión humanos, quizá demasiado humanos, vivifica, reconforta, cauteriza los vetustos vicios que venía arrastrando el alma española desde hacía tres siglos, desde el inicio de su declive político, económico y moral en la política internacional, cuando tras la Paz de Westfalia en 1648, a la vez que emerge una nueva Europa, España se retrae triste y pertinazmente sobre sí misma.

Por lo antes insinuado y dicho, y por lo generosamente que transcurrió la transición española cuando todos los españoles, ya fueran protagonistas, victimas o espectadores de aquel drama decidieron, tras convenirse una excelsa forma de convivencia, la Constitución de 1978, decidieron decía asumir el fin de su propia catarsis que comenzara en aquel malhadado 1936 y finalizaba justamente al aprobarse el texto constitucional. Amplia, variada, dramática lección de convivencia española que al parecer no todos los españoles oyeron, asimilaron, aprendieron. Al cabo de 30 años de aquella caída de telón, del final de la tragedia que simbolizaba la aprobación de la Constitución, protagonizada por el pueblo español durante aquel desmesurado desencuentro que tantísimo duró entre los prolegómenos de la guerra, su desarrollo y sus efectos, al cabo de 30 años de restañarse aquellas viejas heridas no todos los españoles quedaron purificados, transformados interiormente por la excepcional experiencia que supuso el corolario a 300 años de decadencia colectiva con el refrendo de la Constitución de 1978.

Ahora, nuevamente, tristes e incultos españoles proclaman y enarbolan un republicanismo ajado, fracasado, fuera del tiempo. Una insolidaridad, una miopía mental, una hispanofobia enfermizas. Una venalidad, una irredenta inmoralidad impropias de la generosidad, de la humildad, de la compasión, de la altura de miras con que la mayoría de los españoles durante la transición política española, durante el final de la portentosa catarsis, durante el glorioso lustro sucedido entre 1975 y 1980, dieron, ofrecieron, se ofrendaron a sí mismos y a los demás españoles. Una lección universal impropia de estos tiempos de estulticia que nos asola.

Fernando Sánchez Dragó, autor, protagonista, espectador singular de la contemporánea tragedia española, y de la suya propia, nos ha manifestado repetidas veces que no se siente español, que no se halla, que no se fía de nosotros, vamos. Él, tan español, tan de Iberia, tan mediterráneo, tan universal, tan negado, tan sufrido, tan desesperanzado… Que ningún español más se vea forzado, ni por equivocación siquiera, a renegar de sí mismo. De otro modo ser español sería un modo de ser fracasado y la catarsis, la magnificente transición socio-política de 1975, habría resultado inútil.

¡Qué vergüenza! ¿Consentirán la mayoría de españoles que una minoría les arrebate su propio ser? ¿Asumiremos el fin de la tragedia que nos brindaron verdaderos españoles a la muerte del dictador, tras tres siglos a la deriva?


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