Los Reyes Mágicos
02.01.08 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
Sería algo más joven cuando, vestido de paje, me monté en aquella carroza. Llevaría varios días sin dormir, sólo soñando. No recuerdo cómo sucedió pero aquel 5 de enero, insospechadamente, me vi en lo alto del moderno camello; tampoco recuerdo bien a qué Rey acompañaba, creo que era Baltasar, el negrito. Lo que sí se me quedó grabado fue la poderosa fijación que ejercían sobre mí las serpentinas. Ni siquiera los caramelos, ¡en aquel tiempo!, me atraían. El colorido, las graciosas formas que adoptaban los rollitos al desliarse, al desenrollarse sobre los espectadores, me ocuparon todo el recorrido de la cabalgata. Cuando ésta terminó, alguien me preguntó: “¿Adónde están los caramelos?” Sólo pude mostrarle las pocas serpentinas que no había tenido tiempo de lanzarle a la concurrencia.
Para mí, como para tantos, los Reyes Magos son el sueño por excelencia, la víspera más esperanzada, la espera más difícilmente soportable. Los “magos” eran una casta de la Media, antigua comarca de Asia situada en la actual Persia. Constituían una clase sacerdotal confundida con los sacerdotes de Zoroastro. Era de su incumbencia todo lo relativo a la religión y a la ciencia, evocar los espíritus, vaticinar el porvenir, observar el curso de los astros, en fin, la habilidad de toda suerte de artes secretas, a cuyas extrañas prácticas se las llamó “Arte mágico”, tomado del nombre de los “magos”, que ha llegado hasta nuestros días a través de los griegos y romanos. Pero, ¿qué pensarán si les digo que los verdaderos nombres de los Magos nos son desconocidos? Los que les atribuye la tradición aparecen por primera vez en el S. VIII. Según esa tradición Melchor significa “mi rey”; Gaspar, “el que se acerca” y, Baltasar, equivale “al que la deidad protege”. Este último Mago se transforma en negro entre los siglos XV y XVI, al irrumpir a la modernidad el continente africano.
Dado que los Magos, en teoría procedentes de Oriente, representaban al mundo gentil -el no judío- que se postraba ante el Niño Dios para adorarlo, cada uno de aquellos monarcas se convirtió en el representante de una de las tres macroetnias conocidas del planeta: el albo Melchor se adjudicó a los indoeuropeos; Gaspar correspondió a los asiáticos; y el tercero, Baltasar, se incorporó tardíamente a los pueblos africanos: a partir de entonces la iconografía comenzó a tiznarlo.
¿Y qué pensarán si les descubro que el número de Magos varió en los primeros siglos del Cristianismo? Tanto es así que hasta el S. IV los Magos, según la tradición y los expertos, no eran tres sino cuatro. Menna, el más rico, el más sabio, al que todavía recuerdan y festejan algunos pueblos de Oriente, llegó a Belén, por razones altruistas, cuando Jesús ya era mayor.
A pesar de que los Magos ofrecieron regalos a Jesús, pues parece que llegaron a través de la gran “ruta del incienso, el oro y la mirra”, que unía el Cercano Oriente con el legendario país de la reina de Saba, es decir, con el extremo sur de la Península Arábiga, hoy el actual Yemen, la tradición de hacer regalos ese día es reciente. Que se sepa, sólo a partir de 1877 se empezaron, en Barcelona, a enviar cartas a los Reyes.
Pero digan lo que digan, para mí los Reyes Mágicos sólo son tres (sin preferir a ninguno, para no enfadar a los otros dos), viajaban en camellos que bebían agua en las casas, y huían asustados si oían ruidos de sus moradores. Los Reyes, pues, son la primera gran satisfacción anual de la infancia (y de algo después de la infancia, y de la adolescencia); los Reyes son la Víspera por excelencia de la niñez, o sea, la tarde más recordada de toda la existencia.
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Juan Felipe Simón
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