Escrita con sangre
26.12.07 @ 09:00:00. Archivado en Política
Hablamos de Muertes paralelas, de Fernando Sánchez Dragó, y deseo hacerlo aunque aún no haya alcanzado ni la mitad del libro, pues la edición de bolsillo que manejo, de Planeta 2007, se acerca a 700 páginas con materia y letra densas. La narración tiene por eje central la muerte de su padre, el asesinato, a pocas semanas de comenzar nuestra infame guerra de 1936. Pero al unísono, en paralelo, nos va contando Fernando otras muertes, otras vidas, otros desastres, quizá el desenlace, la culminación de la porción más triste y penosa de historia española desde mediados del S. XVII. Como sabemos, el alzamiento militar de ese año, aunque conocido por el Gobierno y parte de la opinión pública, no supo ser desactivado ni sofocado por la II República, que trató en vano de controlar la convulsa sociedad española desde 1931, aunque como antes se apuntó parece que la revuelta militar fue la ignominiosa meta que, de una manera natural, alcanzaba la degradada vida política española desde casi tres centurias atrás.
Ahí comienza el relato de Fernando que, de un modo casi voluptuoso, se demora mientras nos acerca a los sentidos una labor de investigación escrita con sangre, amargura y lágrimas. Al coro de la ineptitud cívica, política, de nuestros recientes antepasados para vivir en sociedad sosegada, se unieron las más viles pasiones personales surgidas al abono de tan fratricida contienda. La una contra la otra, mitad contra mitad, España se deshacía en las más humanas maldades, tres años de descenso a los infiernos y casi cuarenta para ascender a la luz, sólo ocurrida tras la muerte del dictador. La terrible tragedia había generado en la sociedad una catarsis honda y prolongada, una purificación conseguida tras largos años rumiando horrores, temores, compasiones y emociones sostenidas que lograron transformar, eficazmente, las profundas perturbaciones que todos los españoles, en mayor o menor medida, habían experimentado.
Esa catarsis es la que permitió al final de la dictadura que la madurada sociedad española, con bastantes más aciertos que fracasos, saliese ilesa y robustecida del dilatado marasmo en que se halló sumida. Todos, casi todos los protagonistas principales de uno y otro bando, de una y otra manera de ver y de pensar, muchos incluso testigos, víctimas de la guerra y de la más dura posguerra, se reunieron, hablaron y actuaron de consuno. Ahí, en ese justo momento, cuando la sociedad española a través de sus representantes decide liquidar tres siglos de discordias, cuando acuerda dotarse de una Constitución, de una habitable y pacífica casa común desde la que se atisbaba un horizonte de libertad, de concordia, de colaboración ciudadana, de pactos políticos entre opuestos, ahí digo, es cuando concluye la parte más sombría de la contemporánea vida española y, a su vez, comienza una previsible era de libertad sin ira pero con esperanza. Nos referimos a la transición sociopolítica transcurrida en España desde finales de 1975 hasta las elecciones de octubre de 1982, con el amplio triunfo obtenido por el PSOE.
Por eso, al margen de los reajustes convenientes después de 25 años de andadura constitucional, de las previsibles reformas sociales y políticas tras ese periodo de contrastada convivencia democracia, no eran necesarios ni prudentes nuevos abanderados de memorias históricas, ni insolidarios iluminados periféricos, ni pseudo progresistas con dinero público, ni la estupidez y complacencia de los que ahora se creen nuevos ricos. Tampoco España se merecía una clase política tan corrupta, tan ineficaz, tan alejada de la ciudadanía.
España lo que necesita es una profunda reflexión tanto a nivel particular, esto es, de sus ciudadanos, como general, o sea, de sus agentes sociales, de sus instituciones, de sus gobernantes. España, los españoles, necesitamos reubicarnos de nuevo tras 30 años de haber ascendido de los infiernos, pues la libertad no es algo dado, conquistado de una vez para siempre, sino una lucha diaria, una responsabilidad compartida que, si no se ejercita cotidianamente, decae, retrocede, se corrompe.
Que no vuelva a ser escrita con sangre ninguna página de historia española, aunque todavía continúan derramándose gotas. Sólo de los españoles depende su presente y su futuro, pues a nadie del exterior le incumbe, incluso algunos del interior, cada vez más, nos muestran su rechazo a España y lo español, y nos indican a diario que no se podrá contar con ellos. Que no se nos olvide la historia de España, pero en su conjunto, la de todos los españoles, no solamente la parte que algunos dirigentes interesados nos quieren hacer recordar, aportando tan solo unas palabras que siempre soportan con el dinero de todos.
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Juan Felipe Simón
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