Una amistad verdadera
12.12.07 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
Hace casi 25 siglos se oyó decir a Aristóteles: “La amistad es lo más necesario para la vida…”
Sería poco después de acabada la Guerra Civil del 36, la más incivil de nuestras guerras, cuando dos mozuelos, de regiones distantes y distintas, que bordearían los 19 años, acudiendo a la llamada del Ejército para la prestación del servicio militar, fueron a parar sin causas conocidas ni explicables a un batallón de trabajadores. Y allí brotó, alentada por el azar, la amistad, una amistad verdadera, aunque el germen ya iría impreso en la hondonada de cada tierno ser. Llamémosle Julián al uno, Tomás al otro.
Allí trabaron, en penosas y esforzadas andanzas, una afectividad fructífera y duradera. Acabado el inmerecido trato durante sus ineludibles contribuciones a la Patria, ambos se afincaron en el mismo lugar, crearon dos familias y, con la premiosidad a que todo vivir obliga, iban tirando de la prole ayudados por sus esposas. De cuando en cuando se veían, se hablaban, se recordaban retazos del pesado pasado. ¿Sufrieron ambos? Lo indecible. ¿Grabó aquel drama huellas en tan endebles corazones? Sí, e imborrables. No obstante, más que un rechazo o un desdén, aquel recordar era un revivir. ¿Por qué? Porque gozando cada uno de sus queridos reflejos del pasado, e instalados en un presente tan afanosamente conquistado, nunca dejaron de mirar hacia delante.
Mas la Parca, la fea y glacial guadaña, rozó el cuerpo de Julián, dejándole seriamente herido. Idas y venidas de Tomás al hospital; las sombras e incertidumbres no cesaban de acompañarle pero a Julián, al amigo, sonriendo le mostraba la otra cara. Transcurrieron meses de pesar y desasosiego, pero la Parca no se rendía. ¿Continuó la amistad entre Julián y Tomás? Por supuesto, mostrándose entonces en todo su esplendor.
Pero llegó el día. ¡Y qué día llegaría! Julián se iba. ¿Sólo Julián? La ausencia del amigo pareció que sacudía a Tomás. Un hombre tan extraordinariamente vigoroso, tan rebosante de ánimo, comenzó a tambalearse. Los bandeos físicos se sucedían. No acababa de enderezarse cuando otro manotazo lo ladeaba seguidamente. Pocos, pocos meses después, Tomás ya no pudo levantarse más. "Su amigo, su amigo se lo ha llevado", diría convencida y de manera razonable su mujer.
¿No lo pudo soportar Tomás o la ausencia de la verdadera amistad es insoportable? ¿Por qué la proa de Tomás tomó el rumbo que 25 siglos atrás trazara Aristóteles en su cuaderno de bitácora? ¿Por qué el tiempo es a veces, como sucede también en la vida, más que lo que en realidad es, lo que parece que es? Sirva esta pausa, bajo el frondoso árbol de tan egregia amistad, de insobornable reencuentro entre ambos amigos.
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Juan Felipe Simón
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