Tiempo de Navidad
10.12.07 @ 09:00:00. Archivado en Andalucía, Sociedad
Espero que no se me tilde de nostálgico por rememorar que hace unos años, algo más de 30 harán, hubiese en cada barriada de Algeciras, qué digo, casi en cada calle, una rondalla navideña. Chin, tatachín, tatachín... ¡Pero si parecen los sones de una rondalla! Sin duda que los son, como que estamos en la Natividad del 2007. Mítico nacimiento, inagotable referencia.
No siempre fue el 25 de diciembre una celebración cristiana. Sus orígenes son antiquísimos. La Natividad de Cristo se instituyó a mediados del S. IV, bajo el pontificado de Liberius (352-366). Pensemos, pues, en el hombre antiguo, en sus creencias, en sus mitos. En esas fechas ocurría, ocurre el solsticio de invierno, en concreto del 21 al 22 de diciembre, época en la que el Sol se halla más alejado, en su máxima declinación, respecto del Ecuador. Existía una creencia pagana, por supuesto religiosa, de origen indo-persa, que celebraba el nacimiento de su dios, de Mitra. De esta religión, que se introduce en Occidente a partir del 1400 a. C., toma el Cristianismo vínculos y símbolos. Pero dejémonos de historias porque la actualidad nos reclama. ¡...Otra, otra rondalla se acerca!
Antes, ciertamente, estas fechas eran sobre todo un sencillo alarde de sonidos, de olores, de sabores, de colores. De cualquier esquina brotaban los sones, entre acompasados y estridentes, de una peña, ¡o piña!, de rondallistas. Se enarbolaban como instrumentos, al menos, la familiar pandereta, la ronca zambomba, extraída entonces de la raíz de la carnosa pita, el bronceado almirez y la rugosa y transparente botella de anís. A esos instrumentos, que eran más o menos los oficiales, se les unían todos los clandestinos posibles, o sea, los que produjeran el típico soniquete: triángulos de metal, sonajeros sin sonajas, panderos sin cascabeles...
En estos días de antes, por los resquicios de las casas se escapaba el olor de ciertos licores, mayormente del aguardiente y de la coñá, que así se nombraban. De cada ventana surgía la invisible pero envolvente fritanga: los anhelados roscos de masa, los melosos pestiños o borrachuelos. ¡Y qué decir de los polvorones de entonces! Tres o cuatro minutos tardabas en desliarlos, por el finísimo papel que los envolvía para que no se derramara la cantidad de polvo que traían. Ahora, en cambio, ni se desmoronan, y qué lujoso el papel que los envuelve: más parece funda de joyas que de golosinas, por lo robusto y resplandeciente que aparece. Las actuaciones de las juveniles rondallas eran de casa en casa de amigos y familiares. Las copitas de anís, los repetidos roscos y polvorones, los olorosos rosquitos de vino eran la recompensa por la consabida monserga: “Los pastores son, los pastores son...”. ¿Qué quién ponía el colorido? El arco iris de las cintas que colgaban de los instrumentos, el alumbrado extra de las casas, de las calles, de los belenes que tanto se prodigaban, del ambiente festivo que envolvía todo lo que representaba la Navidad.
Y ahora les contaré una de las posibles razones que pueden ser el sostén de esta hermosa tradición. Porque si cualquier ocasión es propicia para recordar lo que nos merece la pena, es decir, para volver al corazón, que eso significa “recordar”, la más idónea parece el tiempo de Navidad. ¿Por acabarse un año? ¿Por comenzar otro nuevo? Ni por lo uno ni por lo otro: por ambas cosas.
Recordar algo, del año que se nos va o de otros anteriores, por alejado que esté en el tiempo, es volver a tenerlo presente, volver a vivirlo, revivirlo. Alegrarse por el año que amanece, que casi es nuestro ya, es esperar algo de él, confiar en lo que está por venir, tener ilusión en el porvenir. Luego recuerdos e ilusiones son los dos remos que, siempre, siempre nos ayudan a navegar.
Con el recuerdo de otras Navidades -de fondo una rondalla de una barriada cualquiera, con compás de pastores- y con la ilusión de que persista su rítmico y humilde sonsonete por nuestras calles, oigamos ese villancico que se acerca, que rememora con esperanza la Navidad: “Por las calles de Algeciras / repican las panderetas, / al Niño quieren cantar / los pastores de la peña. / ¿Qué tendrá el Recién Nacido / que todas las Nochebuenas / con sonajas y zambombas / le regalan una estrella? / Allá van los zagalillos, / en el zurrón va la cena / que al Rey de los pastorcillos / le llevan pá que se duerma. / De todas las barriadas / acuden miradas tiernas, / ardientes los corazones, / las vocecillas de almendra...”.
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Juan Felipe Simón
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