Plática con el folio
30.11.07 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
Hay días que no se me ocurre nada y sin embargo tu blanco desnudo me requiere a cubrirlo como sea. Con tal de protegerte tu candidez, folio, casi te da igual con lo que sea. Podría ser de política, que es socorrido y de actualidad, pero cansa hablar, escribir de algo que podría mejorar a diario y, a lo que se ve, anda bastante enfermiza. Ahora que lo he dicho sin darme cuenta, curiosa actividad esa, la política, que puede sostener o aumentar a diario la felicidad de los ciudadanos, pero no hay ocasión en que por parte de casi todos sea criticada, por unos más que de otros, desde luego, aunque a decir verdad cada vez somos menos las personas que criticamos, esto es, que opinamos, que intervenimos, que nos implicamos en las cosas públicas, que son el objeto de cualquier política que se precie de llevar ese nombre.
Nos están, nos estamos acostumbrando a que nos ofrezcan algo, lo mínimo, lo justito, o lo innecesario, a veces ni eso, y que lo tomemos sin rechistar, sin reparar en lo que realmente nos corresponde. Y esto, lo que nos interesa o nos conviene, que no sea sólo para hoy, para el momento de ahora, sino también para mañana, para después de mañana, para el futuro. Y no sólo para nosotros, sino para nuestros hijos y para todos sus descendientes, o sea, que eso de vivir según dicta la moda sólo el rabioso presente, el ahora, a mí particularmente no me parece ni razonable ni natural. Sólo el animal irracional, nuestro congénere del que ya nos desgajamos, vive irremediablemente el presente. La diferencia entre él y nosotros es, o debería ser, el carácter futurizo que sólo posee el ser humano, o sea, la capacidad de vislumbrar el futuro aunque desde aquí instalados. Sí al presente, siempre, pero sin dejar de mirar de reojo el pasado y, aún menos, el futuro. Aunque ahora se lleva tan a rajatabla eso de “vivir solo el presente” que estamos “regresando” al pasado, nos estamos de nuevo animalizando, embruteciendo, esto es, desalmando, dejando de tener ánima racional para vivir nada más que el presente más animal, el de los básicos instintos.
¡Ahora caigo en la cuenta! Lo anterior nos ha conducido de bruces a la estructura que va adquiriendo la sociedad actual, en la que ya impera la trivialidad. Del famoso lema coreado en el mayo francés del 68: “La imaginación al poder”, más efectista que efectivo, hemos pasado en un par de generaciones a relegar esa imaginación, adocenada en los burdeles del materialismo más impúdico, para sustituirla por el nuevo lema, que ya nos gobierna por doquier: “La mediocridad al poder”. ¿Se han fijado que en todos los órdenes de la vida se ha instalado lo elemental, lo inane, lo anodino…? En la política, en la empresa, en el sindicalismo, en la cultura, en el arte… ¿Pero cómo le vamos a pedir a nuestros representantes, estén en la institución que estén, que nos conduzcan con educación, con inteligencia, con sensatez, con sensibilidad, con arte, con CULTURA? ¡Si son la espuma de nuestra sociedad, lo más vaporoso, nuestros elegidos, lo más granado de la mediocridad…!
Mientras no decidamos reparar el escalón más importante de la sociedad, el de la educación, con una educación humanística, es decir, universal (por aplicarse a todos, sin diferencia de clases) y global (por transmitirse toda la cultura del hombre y no parte de ella), seguiremos instalados en este rudimentario umbral social. Y por cultura, folio, creo que podemos entender, llegados a esta altura de nuestro tiempo, la memoria de un pasado que de una u otra forma va orientando nuestra forma de ser.
Hermano folio, siento haberte cubierto hoy con tan triviales razonamientos, pero tampoco yo he podido escindirme, como animal político que soy, del vulgar cuerpo social al que pertenezco. Reconozco que también soy un mediocre, aunque no consentido.
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Juan Felipe Simón
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