Viaje al mar de Antequera
28.11.07 @ 09:00:00. Archivado en España
El viernes abrió sus puertas. Abandonamos el vértice sur de Iberia para ascender hasta los Llanos de Antequera, a unos 47 km. de Málaga y a casi 600 m. sobre el nivel del mar. Cuando subíamos por los Montes de Málaga la temperatura descendía hasta hacerse notar. Llegamos a la meseta colocada en el centro geográfico de Andalucía. Veterano y fértil enclave, regado por el Guadalhorce, cuya prehistoria se sitúa en la Edad del Cobre, alrededor de 2.500 a. C. Hablamos de los Dólmenes de Menga, Viera, El Romeral y El Alcaide. Más prehistórico es aún su singular paraje conocido por El Torcal, constituido por un mar de caprichosas rocas calizas que traen su origen del fondo de una franja marítima, en el periodo jurásico, que comunicaba el Atlántico con el Mediterráneo hace unos 150 millones de años, cuando los dinosaurios eran de verdad. Los materiales depositados en ese mar emergieron como consecuencia de plegamientos alpinos, conservando gran parte de su horizontalidad a pesar de haber ascendido más de 1000 m. sobre las aguas marinas.
Ataviada de cal a lo lejos, vigilando la prominente fortaleza que todavía conserva, se deja caer pausadamente sobre su rica Vega. La Antikaria romana, la Medina Antecaria musulmana, fue reconquistada en 1410 por el Infante Fernando, el de Antequera, regente de Castilla en nombre de Juan II; en 1441 fue declarada ciudad. Durante los siglos XVI y XVII, debido a su estratégica posición comercial, atraviesa su mayor expansión demográfica, siendo en el S. XVIII cuando alcanza su máximo esplendor. Sus calles son fieles testigos: las iglesias, los conventos, los palacetes y las bellas casas solariegas nos lo dicen al pasar. Antequera cuenta hoy con 44.0000 habitantes y, de entre sus muchas enseñas, entresacamos: El Sol de Antequera, de 1918, Decano de la prensa malagueña, sus molletes, la porra antequerana, sus mantecados navideños y el postrero bienmesabe.
No queremos dejar esta ciudad de piedras bonitas, de olores y de sabores añejos que aún se mecen por sus calles, pero amaneció domingo. Antes de la retirada definitiva nos acercaremos a la romana Arcis Domina o Señora de la Altura, Arsuduna para los árabes, población vecina a unos 18 Km., el sol nos guía. Cuando la vislumbramos en lontananza Archidona se nos muestra, ebria de luz, posada en un costado de la Sierra de Gracia. A esa hora nos recibe un recio frío, pero después de una pausa en Nodo Café, curioso bar ambientado con música, anuncios y motivos decorativos de hace unas décadas, nos atrevemos a retar a una ciudad de cuestas enhebradas con plazuelas. De entre todas destaca la barroca Plaza Ochavada, del S. XVIII, recién restaurada, sólo por verla merece la pena encararse a los repechos.
…Y en mitad de este histórico mar, la memoria nos acerca un suceso inusual, la gloriosa hazaña del conocido Cipote de Archidona. Veamos un fragmento de la carta en que Alfonso Canales, famoso poeta malagueño, le explicaba en 1972 a Camilo José Cela lo sucedido: “La cosa ha acaecido en Archidona. Una pareja -no consta que fueran novios formales- se encontraba en el cine, deleitándose en la contemplación de un filme musical. La música o las imágenes debían ser un tanto excitantes, porque a ella, según tiene declarado, le dio el volunto de asirle a él la parte más sensible de su físico. El cateto debía ser consentidor, pues nada opuso a los vehementes deseos de su prójima. Dejóla hacer complacido, sin previsión de las consecuencias…Según parece, el manipulado, hombre robusto por lo demás, era tan virgen como López Rodó o, al menos, llevaba mucho tiempo domeñando sus instintos. El caso es que, en arribando al trance de la meneanza, vomitó por aquel caño tal cantidad de su hombría, y con tanta fuerza que más parecía botella de champán, si no geiser de Islandia…Los espectadores de la fila trasera, y aun de la más posterior, viéronse sorprendidos con una lluvia jupiterina, no precisamente de oro. Aquel maná caía en pautados chaparrones, sin que pareciera que fuese a escampar nunca. Alguien llamó airadamente, identificando el producto e increpando con soeces epítetos al que lo producía en cantidades tan industriales. Se hizo la luz. El cateto pensó que la tierra, en eso de tragarse a los humanos, obra con una censurable falta de oportunidad. Doblemente corrido, trataba en vano de retornar a su nido la implacable regadera. Su colaboradora ponía cara de santa Teresita de Lisieux, aunque con más arrebol en las mejillas. Ambos fueron detenidos y conducidos a la presencia judicial…El juez hizo el ofrecimiento de acciones a los poluídos, quienes no sólo quedaron enterados, sino que presentaron justificantes de los daños perjuicios. Un prestigioso industrial incorporó a los autos la factura del sastre que había confeccionado su terno, que devino inservible. Y una señora, de lo más granado de la sociedad archidonense, presentó la cuenta de la peluquería donde, al siguiente día, hubo de hacerse lavar el cabello (el Fiscal no acaba de explicarse cómo pudo pasar la noche sin un lavado casero de urgencia)…”
Camilo J. Cela respondía a la descriptiva epístola: “Querido Alfonso: ¡Bendito sea Dios Todopoderoso, que nos permite la contemporaneidad con estos cipotes preconciliares y sus riadas y aun cataratas fluyentes! Amén. ¡Viva España! ¡Cuán grandes son los países en los que los carajos son procesados por causa de siniestro! El suceso muy bien podría originar la aparición de una frase adverbial aún no nacida -como el cipote de Archidona- señaladora de óptima calidad y desaforada cantidad. Te ruego que transmitas a la Excma. Diputación Provincial de Málaga mi propuesta de que le sea atribuido un homenaje de ámbito nacional al dueño de la herramienta, honra y prez de la patria y espejo de patriotas…”
Y en esas historias andábamos cuando vinimos a toparnos con las puertas que ya cerraba el domingo, y aún más, una vez dentro nos pareció ver las fauces de algo parecido a un lunes… ¡Pero ésa es otra historia!
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Juan Felipe Simón
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