No es lo mismo
21.11.07 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad, Literatura
La noche del pasado sábado, como la de todos los sábados, la gente se repartiría entre pasarla en casa y en la calle, mayormente entre la tele (esa noche televisaban el España-Suecia) y el aire turbio de los humos, ruidos y neones. Nosotros optamos por lo segundo, por la calle. Nos desplazamos hasta el teatro de San Roque para asistir al concierto de María Dolores Pradera. Allí no había humos ni luces relampagueantes ni alcohol, si acaso las únicas estridencias fueron ver el teatro casi, casi lleno, y a una cantante que a nadie defraudó, tampoco a ella misma: hora y media ininterrumpida deleitando a la parroquia, que con la presencia de localidades vecinas había colmado el auditorio.
María Dolores Pradera derrochó arte y profesionalidad, elegancia y presencia. Ella y su delicioso cuarteto de músicos supieron ahormar un concierto entretenido, vibrante a veces y siempre digno de recibir tantísimos vivas y aplausos como al final cosecharon los cinco artistas. El arte que no tiene edad, como por fortuna pudimos comprobar quienes asistimos al extraordinario repertorio de música hispanoamericana.
También el pasado fin de semana acabé de leer Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, en Debolsillo, cuya obra la dio a la luz el colombiano en 2004. Bastante y bien se habrá escrito ya de la pequeña obra, pues apenas sobrepasa el ciento de páginas, pero… ¿qué quieren que les diga? Así como en las pequeñas joyas, en no demasiadas hojas un artista de la pluma puede plasmar una grandiosa obra de arte. Oigan las primeras palabras del narrador: “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”. Y ahora las últimas: “Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años”.
En medio de unas y de otras palabras, unos pocos meses de la vida del narrador y protagonista, justo desde sus 90, atraviesan densa pero acompasadamente su pasado, su presente y hasta su futuro, tamizados por la escena principal: un solo burdel y una sola mujer, a la que amó. Soberbia composición. El protagonista quiso regalarse una noche de amor a los 90 y consiguió con sabiduría y tropiezos una década de amor. ¿Sólo eso? ¿Cuántas horas de amor habrá en su lectura, en su obligada relectura por tantos lectores que admirarán la breve gran memoria del nobel colombiano?
No fue mal fin de semana, porque el arte en cualquiera de sus facetas nos insufla vida, nos ayuda a sobrevivir, pues nos hace pensar, recordar, y apenas sin darnos cuenta nos transforma. Podíamos habernos quedado viendo la tele, quizá durante el fin de semana hubiéramos hallado algo de arte, pero… ¡No es lo mismo!
Posdata: La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia. Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.). Filósofo griego.
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Juan Felipe Simón
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