El vehículo universal
19.11.07 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
Desde el escalón actual, la Humanidad avanzando peldaño a peldaño, resulta conmovedor imaginar a nuestros primitivos antepasados discurrir sobre la faz de la Tierra en apremiante cacería, ya silenciosos, ya gesticulando, si acaso desgañitándose, y no por placer o hastío, sino porque aún la indigencia humana no les había acuciado lo suficiente como para subir al siguiente peldaño, al estado de civilización en el que tosca y lentamente, previo consenso de cuáles serían los signos y sus significados correspondientes, iban creando nada menos que el lenguaje hablado, el lenguaje escrito es muy posterior y menos espontáneo. Nos hallamos ante uno de los trofeos más preciados de la Humanidad. El lenguaje, máxima expresión de la capacidad comunicativa del hombre, es una de las herramientas más útiles y admirables de que se puede disponer. Su manejo nos permite acceder, y con finalidad diversa, a la intrincada y tenue red de hilos que nos entrelazan: manifestar y recibir dudas, alegrías, sorpresas, frustraciones, temores... ¡Tanto y tanto contenido!
El pensamiento, el logro más excelso del hombre, poco habría avanzado de no haber hallado la amistad de la palabra. Pensamiento y lenguaje, en apariencia desconectados, caminan tan compenetrados que, en rigurosa pero certera expresión, se dice que “pensamos con palabras”. Ambos conceptos, conscientes de su indisolubilidad, no sabrían andar solos. ¿Hasta dónde alcanzaría la razón sin el andamiaje de las palabras? Y el mensaje, ¿a qué naufragios se expondría sin timonel? Sin duda, el lenguaje es patrimonio de todos: que la victoria social tan afanosamente lograda por nuestros ascendientes, y de tan legítima pertenencia, nadie intente arrebatárnosla. Aquel inmenso botín, hoy desvirtuado para fines ajenos a los que le vieron nacer, debe recuperar su auténtica misión: servir de enlace entre los habitantes del orbe.
Parece evidente que lo que más discrimina a unas personas de otras no es tanto el nivel de riqueza acumulado como el grado de participación en la cultura, a pesar de la inevitable interferencia de ambas, y ésta, la cultura, se crea, se posee y se transmite sólo mediante el lenguaje. En 1887, el médico ruso Lázaro Luis Zamenhof, lanzaba a los cuatro vientos una feliz idea con la pretensión de facilitar la comprensión, a través de la comunicación, entre todos los hombres: el Esperanto, del pseudónimo Dr. Esperanto, el doctor que espera, con que Zamenhof publicó el primer ensayo de su sistema.
Este idioma, basado en escasas (16) reglas fundamentales, goza de gran facilidad estructural, gramatical y de vocabulario. Afirman los expertos que su aprendizaje es de seis a diez veces más rápido que la propia lengua materna, por lo que no extraña que en el primer siglo de existencia y a pesar de su neutralidad, ¿o por eso mismo?, su conocimiento y uso se halle extendido por todo el mundo. Objeto de estudio en más de cien Universidades del Globo y de perfeccionamiento
por os especialistas, el Esperanto es hoy una lengua completamente desarrollada, que dispone de una comunidad de hablantes a nivel mundial y de unos recursos lingüísticos completos.
Aunque se enseña en algunas escuelas, la gente lo suele aprender mediante autoestudio o por correspondencia, a través el correo regular y el electrónico, o a través de los clubes de esperanto locales. Existen libros de texto y material de autoestudio en más de 100 lenguas. Cada vez toma más auge y en algunos actos internacionales se utiliza como idioma auxiliar. No obstante, su empleo no está reñido ni con las lenguas regionales ni con los particularismos, más bien al contrario. Frente a la prepotencia de los idiomas nacionales, el Esperanto representa la posibilidad de trascender torpes barreras clasistas y localistas porque, al encaramarse a una atalaya comunal y amplia, divisa un horizonte universal.
Cuando llegue la ocasión, ¿o ya lo hizo y se nos muestra disfrazada por intereses sectarios?, en que, como nuestros antepasados, sintamos la imperiosa necesidad de instalarnos en otra escala más igualitaria, más propicia a la razón, no convendrá que nos sorprenda dispersos. Será menester acercarnos a la estación más próxima de este “esperanzador” vehículo, o a otro de trayectoria similar, para que en cuanto lo oteemos allá en la divisoria, podamos repetir aunque con nuevas palabras: ¡Vamos, vamos todos al ómnibus!
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Juan Felipe Simón
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