Palabra de náufrago
16.11.07 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
¡Cómo los echo de menos! Son dóciles, nobles, locuaces. Unas veces te incitan a la rebeldía; otras, a la calma. O te describen lo que ven, de manera que parece que vas andando y viendo junto a ellos. Otras veces, muchas, muchas de ellas, te enseñan, o te recuerdan algo, o te incitan a efectuar algún cambio, a iniciar una novedosa acción en tu vida. En ocasiones, te ilustran pero con deleite, o te imantan a su vera y no puedes despegarte de ellos hasta que llega el final del camino. Casi siempre te entretienen, casi nunca te dejan indiferente. No pocas veces te alivian los pesares y te ofrecen pautas para conocerte mejor, para conocer mejor al hombre, a la sociedad… ¡Son insustituibles, los libros!
Como no los tengo a mano en esta isla, y nunca los tendré, como la necesidad te obliga y te enseña, con el apoyo del tiempo, el maestro imperturbable, estoy aprendiendo a leer allá donde se posen mis ojos, dentro y fuera de la isla. Cuando observo las nubes, apenas me despierto, sus voluptuosas formas, sus gráciles andares, puedo ir prediciendo qué tiempo tendré durante el día, si habrá mucho o poco viento, o calor; si me alcanzará alguna breve y copiosa lluvia, o la humedad me abrazará hasta dejarme exhausto. Si son gaviotas lo que avisto, me dicen igualmente si el tiempo va a cambiar, o me indican qué hora es. Aunque a averiguar qué tiempo me espera también me ayudan las olas con su parloteo y sus cabriolas, y las melenas de las altas palmeras…
He conseguido aprender a leer en el gorjeo de los pájaros, en la sibilante vegetación que susurra o que jadea por las noches, en las lentas caminatas de los bichitos que cruzan las dunas de las arenas, en los insectos que revolotean y se posan con mágica precisión. Ya voy leyendo en las antes invisibles, y ahora transparentes, páginas que me ofrecen todos los elementos que, de manera singularmente ordenada, tallan la fisonomía de esta isla, elementos que me van prestando sus materiales para ir construyendo la balsa que me sacará algún día de la isla…
Pero quizá los mejores renglones, la más fructífera lectura, la más apasionante e inesperada visión, sean los que me ha ofrecido el libro del silencio. Una vez conseguido el silencio interior, una vez aprendido su alfabeto, sus palabras te muestran ideas antes impensables pero ciertas, te ocultan otras antes en vanguardia y ahora relegadas al archivo del subconsciente; en fin, logrado el silencio, el silencio de la siempre agitada conciencia, su hablar suave y acariciante va moldeando la silueta de tu mente… Por eso los libros, todos los libros que alcancemos a leer, son insustituibles. A mí, lo confieso, quizá me hayan cincelado el mejor perfil que yo pueda mostrar. ¡Palabra de náufrago!
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Juan Felipe Simón
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