El mundo en la agonía
09.11.07 @ 09:00:00. Archivado en Sociedad
De Miguel Delibes (Valladolid, 1920) se conoce y se aprecia, sobre todo, su narrativa, de la que sobresalen su conseguido realismo y su vocación costumbrista. Quizá conozcamos menos su profunda inquietud social que, sin embargo, palpita en todos sus escritos. A Delibes nos acerca, antes que nada, su pródigo quehacer novelístico, quedándonos más lejano como Licenciado en Derecho, Profesor Mercantil, Catedrático de la Escuela de Comercio de su ciudad o Ex director del periódico El Norte de Castilla. Pero fruto, y sazonado, de todo el ramaje anterior es la obra titulada como este artículo, y no es una fruta cualquiera: la dio a conocer leyéndola, en 1975, con motivo de su ingreso en la Real Academia Española.
“Este libro -nos advierte su último editor- constituye un llamamiento a la cordura y a la necesidad de dar al progreso un enfoque que conceda prioridad, ante todo, a la vida, a la solidaridad entre los hombres, y a la concordia del hombre con la Naturaleza... Hoy podemos decir, además, que su palabra resultó premonitoria. Abusos tan graves como los que provocaron el síndrome tóxico con el aceite de colza en 1981, accidentes como el de Bhopal, en la India, en 1984, el de Chernobyl en 1986, la contaminación del Rin en el mismo año, o el desastre del buque Cason en la costa gallega en 1987 evidencian la vigencia y actualidad de este texto”, que fue publicado en 1975 por Ediciones Destino, y en 1988 por Círculo de Lectores.
Según los naturalistas del Manifiesto de Roma, “la Humanidad no tiene sino una posibilidad de Supervivencia... Nace así el Manifiesto para la Supervivencia... Según él, el hombre debe retornar a la vida en pequeñas comunidades autoadministradas y autosuficientes, los países evolucionados se impondrán el «desarrollo cero» y procurarán que los pueblos atrasados se desarrollen equilibradamente sin incurrir en sus errores de base. Esto no supondría renunciar a la técnica, sino embridarla, someterla a las necesidades del hombre y no imponerla como meta.” He aquí mi credo, se confiesa Delibes: “ El verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones hombre-naturaleza en un plano de concordia”.
“El hombre -continúa Delibes-, arrullado en su confortabilidad, apenas se preocupa del entorno. La actitud del hombre contemporáneo se asemeja a la de aquellos tripulantes de un navío que, cansados de la angostura e incomodidad de sus camarotes, decidieran utilizar las cuadernas de la nave para ampliar aquéllos y amueblarlos suntuosamente”. Ese vicio que señala Delibes es el de la insensible molicie, generadora, a su vez, de la insolidaridad, base del argumento que lo obliga a afirmar: “Negar la posibilidad de mejorar y, por lo tanto, el progreso, sería por mi parte una ligereza; condenarlo, una necedad. Pero sí cabe denunciar la dirección torpe y egoísta que los rectores del mundo han impuesto a ese progreso”.
Pero qué acertado anduvo el último editor cuando calificó de premonitorio el discurso de Delibes en 1975. Éste, a propósito de lo que el hombre contemporáneo entiende por “bienestar”, por “estar bien”, profetizó”
..nada puede sorprendernos que la corrupción se enseñoree de las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, de plena y absoluta vigencia, en la sociedad de nuestros días”. Sobre la “fabricación en serie” le oímos decir cosas no por gruesas menos ciertas: “La serie facilita una compensación pendular: si, por un lado, destruye al hombre al anular su amor por la obra bien hecha, por el otro, facilita la consecución de esa obra y esto, cerrar el ciclo, es lo que en definitiva interesa al orden económico de nuestro tiempo... Con la superfluidad es, por tanto, la fungibilidad la nota característica de la moderna producción”. En síntesis, “el desarrollo humano no es sino un proceso de decantación del materialismo sometido a una aceleración muy marcada en los últimos lustros. Al teocentrismo medieval y al antropocentrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo sentido de elevación del hombre, le ha hecho caer en la abyección y la egolatría”.
Del deseo de sobresalir o ambición de poder, nos advierte Delibes: “La difusión de consignas, la eliminación de la crítica, la exposición triunfalista de logros parciales o insignificantes y la misma publicidad subliminal, van moldeando el cerebro de millones de televidentes que, persuadidos de la bondad de un sistema, o simplemente fatigados pero, en todo caso, incapacitados para pensar por su cuenta, terminan por hacer dejación de sus deberes cívicos, encomendando al Estado-Padre hasta las más pequeñas responsabilidades comunitarias... El hombre, de esta manera, se despersonaliza y las comunidades degeneran en unas masas amorfas, sumisas, fácilmente controlables desde el poder concentrado en unas pocas manos... o sea que, en vista de que una fraternidad cálida y universal parece fuera de nuestro alcance, nos resignamos a aceptar el miedo como garantía de supervivencia”. Cuando nos habla de las agresiones a la Naturaleza, ha de reconocer: “En puridad, las relaciones del hombre con la Naturaleza, como las relaciones con otros hombres, siempre se han establecido a palos. La Historia de la Humanidad no ha sido otra cosa hasta el día que una sucesión incesante de guerras y talas de bosques. Y ya que, inexcusablemente, los hombres tenemos que servirnos de la Naturaleza, a lo que debemos aspirar es a no dejar huella, a que se nos note lo menos posible.”
A modo de conclusión, nos aclara el sentido del progreso en su obra: “El desarrollo, tal como se concibe en nuestro tiempo, responde, a todos los niveles, a un planteamiento competitivo... únicamente un hombre nuevo -humano, imaginativo, generoso- sobre un entramado social nuevo, sería capaz de afrontar, con alguna probabilidad de éxito, un programa restaurador y de encauzar los conocimientos actuales hacia la consecución de una sociedad estable... Pero el hombre, nos guste a no, tiene sus raíces en la Naturaleza y al desarraigarlo con el señuelo de la técnica, lo hemos despojado de su esencia... Los hombres de la 2ª era industrial no hemos acertado a establecer la relación Técnica-Naturaleza en términos de concordia y a la atracción inicial de aquélla concentrada en las grandes urbes, sucederá un movimiento de repliegue en el que el hombre buscará de nuevo su propia personalidad, cuando ya tal vez sea tarde porque la Naturaleza como tal habrá dejado de existir. En esta tesitura, mis personajes se resisten, rechazan la masificación. Al presentárseles la dualidad Técnica-Naturaleza como dilema, optan resueltamente por esta que es, quizá, la última oportunidad de optar por el humanismo. Se trata de seres primarios, elementales, pero que no abdican de su humanidad; se niegan a cortar las raíces. A la sociedad gregaria que les incita, ellos oponen un terco individualismo. En eso, tal vez, resida la última diferencia entre mi novela y la novela objetiva o behaviorista.”
Se despide Delibes apesadumbrado, angustiado pero, ¡ojo!, que atisba un rayo de esperanza: “A mi juicio, el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo y, en consecuencia, de preservar la integridad del Hombre y de la Naturaleza, radica en ensanchar la conciencia moral universal. Esta conciencia moral Universal fue, por encima del dinero y de los intereses políticos, la que detuvo la intervención americana en el Vietnam y la que viene exigiendo juego limpio en no pocos lugares de la Tierra. Esta conciencia, que encarno preferentemente en un amplio sector de la juventud, que ha heredado un mundo sucio en no pocos aspectos, justifica mi esperanza.”
Ilustrativo, pedagógico. De lectura obligatoria se me antoja este bello y trémulo librillo. De los jóvenes lectores, para que sepan pronto en qué escasísimo tiempo el hombre es capaz de destruir lo que la Naturaleza tardó tantísimos milenios en construir, y puedan y quieran rectificar. De los mayores, para que reconociéndose en el espejo, alcancen a calibrar si es suficiente el nivel de bienestar, o sea, de molicie, es decir, de insolidaridad a que hemos logrado ascender.
Más de 30 años hace de estas palabras de Delibes, y permanece inalterable su vigor.
Comentarios:
Detrás estaba su discurso en el que menciona el Manifiesto de Roma, y cuyo discurso lo mencionan en este articulo. Este discurso lo hizo en 1975, entiendo que se firmó mucho antes. El sr. Delibes con su discurso y que he leido 33 años después de haberlo dado, ha hecho que desee saber que decía el Manifiesto de Roma, deseo poderlo leer todo, me gustaría que se volviera a publicar integro, que se diera a conocer a esta humanidad de hoy, que aun no había nacido entonces.
En internet donde dicen que todo se puede encontrar no lo he encontrado, lo que demuestra que vamos hacia donde se predecía que iríamos.
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Juan Felipe Simón
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