Defensa del lenguaje
31.10.07 @ 09:00:00. Archivado en España, Literatura
En 1948 amaneció en Colombia, aunque pronto regresó al ocaso debido al llamado “bogotazo” de aquel año, El defensor, de Pedro Salinas (Madrid, 1891 - Boston, 1951), profesor de Literatura, prolífico escritor: poesía, teatro, novelas, ensayos y estudios de historia literaria, quizá más renombrado por su obra poética La voz a ti debida. Vivió en el exilio desde 1936. El libro es una colección de ensayos escritos con anterioridad pero reunidos por el autor en torno a la “defensa el lenguaje”: Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar, Defensa de la lectura, Defensa de la minoría literaria, Defensa, implícita, de los viejos analfabetos y Defensa del lenguaje. La presente edición es de Círculo de Lectores, 1991. Según el prólogo de Juan Marichal, de 1967, “pocos textos españoles del siglo actual son equiparables a El defensor en sustancia biográfica y en proyección universal”. Nos acercaremos, aunque de lejos, a dos de esos intentos. Obsérvese la capacidad de predecir que poseía Salinas, su fina percepción, cuyos ensayos fueron escritos hace más de 60 años en su exilio americano, principalmente estadounidense.
En Defensa de la lectura ya advierte que “el hombre del siglo XX se ha enamorado de los monstruos, y adora el tamaño, sobre todas las cosas. De emblema le serviría el Coloso, con leyenda no en griego, sino en inglés de América: Cuanto más grande, mejor. Trágico lema, manantial de confusiones sin cuenta, aunque sí con cuento, de la humanidad moderna”. Notó Salinas que “también el hombre se encuentra afrontado con el gran protagonista de la tragedia moderna, a saber, el tiempo… ¿Cómo se las puede componer el hombre de hoy para leer tanto libro en tan poco tiempo? Y nos responde: “Lo único que me atrevería a proponer es algo más de sinceridad: a decir a las claras que quizá el hombre que cree encontrarse apurado para leer, por cortedad de tiempo, se engaña miserablemente…; le faltan no el tiempo, sí las ganas. El querer, la preferencia…La verdad podría ser que lo que ha mudado, más que la disponibilidad de las horas, es el rumbo de los gustos, es la consideración de las cosas y su valor respectivo”.
También entrevió Salinas que “a más críticos, menos crítica”. Veamos: “A la par del aumento en la producción de libros ha corrido el crecimiento en el número de críticas…Pero la función crítica aplicada al libro se ofrece ahora en una nueva forma, la “revista” o reseña de la obra literaria recién salida…Pero como a mí se me figura que todas esas quejas sobre la deficiencia de información que sufre el mundo son vanas -porque lo que faltan no son noticias, sino criterio -, es legítimo preguntarse en qué medida contribuye el «revisterismo» a dar luces en estas tinieblas del laberinto de los libros”.
“Creo -nos confiesa Salinas- que el hombre moderno ha de aconsejarse a sí mismo ciertas limitaciones en ese desordenado apetito por la lectura que algunos dan por seña de superioridad. Resignarse a no saberlo todo, de todo”. Continúa Salinas: “Creo que la facultad señora en la lectura ha de ser la selectiva; pero de la lista [se refiere a la lista de los más vendidos] no se parte…a la lista se llega. Ése es el magno error de enfoque: empezar, artificialmente, por donde ha de acabarse, naturalmente. La faena de echarse cada cual sus cuentas sobre los mejores libros corresponde a cada individuo…Pero hay que enseñarle a defenderse. Ése es el deber de la sociedad”.
Llegados al capítulo Educar para leer y leer para educar, nos ilustra Salinas: “la educación es un hecho natural, una realidad que se impone al hombre, antes de que éste la convierta en un sistema reflexivo. Y ya que inevitable, parece convenible que sea lo mejor que pueda. La solución del gran drama de la lectura está, para mí, en la enseñanza de la lectura. En la formación del lector. ¿Por quién, y desde cuándo? Por la escuela y desde que se entra en contacto con las letras; en cuanto se empieza a enseñar las letras…los mejores profesores de lectura: los buenos libros…el cómo leer se aprende sin saber cómo, al igual que el andar o el respirar, por natural ejercicio de la función”.
En Defensa del lenguaje comienza anunciándonos que “Al hombre le preocupa su lengua…Porque las palabras, las más grandes y significativas, encierran en sí una fuerza de expansión de mayor alcance que la fuerza física inclusa en la bomba…Ha percibido el hombre moderno, quizá un poco tarde, acaso todavía a tiempo, que las palabras poseen doble potencia: una letal y otra vivificante”. Más adelante, observa Salinas “que el lenguaje es el primero, y yo diría que el último modo que se le da al hombre de tomar posesión de la realidad, de adueñarse del mundo…El pensamiento hace el lenguaje, y al mismo tiempo se hace por medio del lenguaje. Éste es el papel valiosísimo del idioma como un momento de constituirse las cosas por el espíritu…el lenguaje está delante del pensar humano que quiere expresarse como un teclado verbal…La lengua no sirve solamente al hombre para expresar alguna cosa, sino también para expresarse a si mismo”.
Este párrafo merece ser leído, releído con atención: “En realidad, el hombre que no conoce su lengua vive pobremente, vive a medias, aun menos. ¿No nos causa pena, a veces, oír hablar a alguien que pugna, en vano, por dar con las palabras, que al querer explicarse, es decir, expresarse, vivirse, ante nosotros, avanza a trompicones, dándose golpazos, de impropiedad en impropiedad, y sólo entrega al final una deforme semejanza de lo que hubiese querido decirnos?. Esa persona sufre como de una rebaja de su dignidad humana. No nos hiere su deficiencia por vanas razones de bien hablar…Nos duele mucho más adentro, nos duele en lo humano”.
Tenemos que acabar: “La lengua, como el hombre, se puede y se debe gobernar…Debe gobernarse la lengua desde dentro de cada hombre…Lo que llamo educar lingüísticamente al hombre es despertarle la sensibilidad para su idioma, persuadiéndole, por el estudio ejemplar, de que será más hombre y mejor hombre si usa con mayor exactitud y finura ese prodigioso instrumento de expresar su ser y convivir con sus prójimos”.
…Y díganme, ¿acaso no encierran estas bellas y sabias palabras, aun abreviadas y quebradas, todo un programa educativo para una digna nación? Para mí, El defensor, es libro de lectura obligada: primero para los políticos, después para el resto de los españoles, pero no como “leedores”, sino como “lectores”.
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Juan Felipe Simón
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