Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre
29.10.07 @ 09:00:00. Archivado en España, Literatura
¿…Por qué se vuelve a Lorca? Quien conozca algo a Lorca siempre, en alguna época determinada, ha de regresar a él. Creo que es exactamente eso: se trata de “regresar”, de volver al lugar en donde alguna vez se estuvo o se partió con él. ¿Pero quién no ha estado alguna vez en el mundo de Lorca? No fue sólo poeta. Con ser Lorca un surtidor de poesías, o por eso mismo, Lorca era, además, músico, dibujante, ensayista, dramaturgo, actor, director de teatro.
Quizá regrese yo a Lorca por sus esencias. Para mí Lorca era puro “humus”, o sea, como la genuina tierra donde nació y se crió. Pocas personas, entiendo, han interpretado mejor que él a la tierra, al instante, al lugar en que nacieron. Lorca es, ante todo, un poeta agradecido. ¿Y qué época se avecina del mundo lorquiano que, por supuesto, desearíamos paladear como él lo hizo?
Nos hallamos en otoño. Se acerca, ya es noviembre, tránsito hacia el invierno. La tierra, el campo, se restablecen de los rigores del verano y se preparan para recibir el bautismo invernal: limpia, poda, quema, arado, abono, siembra… todo lo que aprovecha para la cosecha del año que se avecina. ¿Cómo nos lo explica Lorca? Pues como no podía ser menos en él: “Con las palabras se dicen cosas humanas; con la música se expresa eso que nadie conoce ni lo puede definir… La música es el arte por naturaleza. Podría decirse que es el campo eterno de las ideas”.
Cantando, sí, así nos lo dice en su breve ensayo Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre. Pero cantando “no como cantante sino como poeta”. Canta, desde luego, a su Granada y a su gente toda, aunque desde una visión “universalista”, esto es, como si fuera algo general o que abarcase a todos. Canta a sus barrios, a sus campanarios, a sus aguas, a su Vega, a su Sierra… A fines de noviembre “hay un olor a paja quemada y las hojas en montones comienzan a pudrirse”. A ritmo de villancico se oyen “Los cuatro muleros”, el romance de “Los peregrinitos” o “Por la calle abajito”. En febrero los cantes ya saben a olivar: “La niña se está meciendo” o “A los olivaritos”.
Mas al llegar la primavera las canciones aumentan de tono, de son, ya “Granada es un campaneo incesante”: Se oirán “Café de Chinitas”, “Calle de Elvira” y “Las tres hojas”. En agosto, Granada se marcha al campo y “se empieza a pensar y a vivir de noche”. Es la hora de las guitarras y de los niños evocando el romance del “Duque de Alba” y en septiembre, otro, sobre el arcángel “San Miguel”. “Pero acabada la alegría de San Miguel, el otoño con ruido de agua viene tocando en todas las puertas: Tan, tan. ¿Quién es? ”. “Ocurre que estamos en noviembre… Hay un olor a paja quemada y las hojas en montones, ¿recordáis?, comienzan a pudrirse”.
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Juan Felipe Simón
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