Barbate
14.09.07 @ 09:00:00. Archivado en España, Andalucía
Todavía el oleaje nos acerca la tragedia, no por repetida menos trágica, aunque las tragedias no tienen edad: son jóvenes o viejas según las vea la memoria. Esta, la mala memoria, no puede hacernos olvidar la abnegada vida marinera, que solo dulcifica la cada vez más menguada actividad pesquera. Aniquilar los peces quizá reduzca los accidentes pesqueros.
La amarga fortuna, a pesar de la escasa actividad pesquera, de la envergadura y aptitud del barco, de batirse de regreso al puerto que ya casi los acariciaba, a pesar de todo ese golpe de mar, el golpe fantasma, invisible, el que tanto han temido y temen los experimentados pescadores. Incluso en mares en calma o casi, esas olas antes de leyenda y ahora acreditadas aunque no domadas todavía por la ciencia, por pequeñas que sean, al conjuro de extrañas circunstancias, van sumándose unas a otras hasta convertirse en una de esas míticas olas que tanto naufragio inexplicado han originado.
Y el precio del pescado por las nubes blancas de las plazas de abasto y de los restaurantes; las otras, las nubes negras, oscilando sobre las jarcias. ¿A quién le debemos tamaño sobreprecio? ¿De cuántos, de qué clase de intermediarios?
Palpitando aún los ecos del naufragio, algunos pescadores en la prensa: el uno que “décadas de marinero y paga de 568 euros”. El otro, ya retirado por el miedo, confiesa que “el mar, ni en pintura, ni en un cuadro en el salón”. Y esta condena tan honda: “en toda la semana pasada faenando en Marruecos he ganado 150 euros”.
Y el precio del pescado por las nubes blancas. Sí, intermediarios somos todos, aunque unos más que otros.
Cómo restallan esas últimas palabras. ¡Ay de los marineros! De fondo una canción de sal bajo un apagado sol.
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Juan Felipe Simón
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