Nuestro ruido
16.08.07 @ 08:00:00. Archivado en España
El aire, el de respirar, el que está sobre la tierra antes incluso que nosotros, ya no es moderno. Ahora lo que mola, lo generalizado, lo que nos envuelve es el ruido. Y digo “el” (muy determinado y singular) y no “los” (referido a varios) porque se ha convertido de unos años a esta parte en nuestro símbolo de juventud y modernidad. Quien no se precie de hacer, de soportar, de permitir a cualquier hora nuestro ruido, es que está desfasado.
Un suponer. Que se celebra una feria, una fiesta, cualquiera celebración, sean el día, la hora y el lugar que sean, y quiere usted hablar aunque sea con su mujer, pues…se jode y no habla, porque no puede ni oírse ni que le oigan. Y si la cosa es de urgencia, entonces acudiremos a las manos, de esa prehistórica manera podremos intentar explicarnos, otra cuestión será que nos entiendan, pero es moderno, verdad.
Lo de las motos en nuestras calles ya es de lujo. Disponer de esos agudos, estridentes, enfermizos, aberrantes cañonazos de superruido, ya es algo que alucina. ¿Los guardias urbanos y demás responsables municipales dice usted? ¡Ya estamos, pues oyendo o haciendo ruidos, si es lo que se lleva!
¿Qué falta legislación? Seguro que, como en tantas otras actividades humanas, habrá en España demasía de normas y reglamentos para impedir, controlar, persuadir, multar, educar, acompasar todos los ruidos que en España han sido, no obstante ¿vamos a interferir en nuestro inocente ruido…? ¡Eres un carca, tío!
Y el de los bares y restaurantes, ¿qué me dice usted? Da gloria oírlos. Ni el de la batuta nos hace falta. Es un ruido horadante y molestísimo, pero muy acompasado, sin altos ni bajos, y aderezado como va con el tintineo de la cubertería pues toma un sabor especial ese gastronómico ruido. Para mí es de los preferidos, claro, después del de las calles.
Leer tranquilamente en casa, en un parque o en el aula, conversar, debatir, entretenerse con las palabras a un volumen decente… ¡por dios!, que eso ya no se lleva, si acaso alguna paparruchada y a echarle mano al móvil. Pero bueno, al menos también en esta actividad los españoles hemos avanzado cantidad, seguramente de los más europeos. ¡Cuánta modernidad hemos alcanzado!
Yo, sin ánimo de ofender a nadie, los invitaba a todos, desde el ministro responsable del ruido hasta el agente urbano más permisivo, los sentaba en una discoteca, chiquitita, tampoco hace falta que los decibelios tengan que danzar mucho, y les metía un pase de modelos pero sin modelas, sólo motos sin silenciador, de todas clases y cilindradas, las ventanas y puertas cerradas o casi, eso sí, sólo hasta las 6 de la mañana, la hora guay de la madrugada. Después los invitaba a café y a churros, mientras amenizaba la banda municipal, los alcaldes con las orejas muy cerquita de los bombos, total, ¡si casi todos están sordos!
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Juan Felipe Simón
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