De mitos
19.07.07 @ 08:00:00. Archivado en Sociedad
“En el principio fue el Caos, dijeron nuestros abuelos explicándose un pasado que, si no visto, sintieron”. Pero... ¿adónde habré oído eso? El caso es que sucedió así, según nos ilustran bellamente nuestros maestros griegos. Porque la existencia del Caos y la posterior creación del Universo nos la explican (porque así la entendían mejor ellos mismos) con relatos, elaborados con los mejores instrumentos mentales que poseían aquellos primitivos griegos de hace más de 3.000 años: una fantasía desbordante agitada con un ímpetu de curiosidad irreemplazable. Nos lo dicen, pues, con sus Mitos, leyendas que han llegado hasta nosotros, primordialmente, a través de las obras de poetas y rapsodas: pensemos en Homero y en Hesíodo, los poetas más importantes de la antigua Grecia.
Y de la extensa pléyade de dioses que pululan en la Mitología... “¡Eh, oiga!”. “Sííí, diga, diga”. “Ya que parece que va a hablarnos de algún dios, ¿le importaría hacerlo de una diosa, de Minerva, siquiera sea por cortesía?” “Desde luego que no me importará, pero con una condición”. “Usted dirá”. “Hablaré de la primigenia, puesto que Minerva es el nombre que los latinos le impusieron a la Atenea griega”. “Sea pues: adelante”. Espumaremos, entonces, lo más sobresaliente que sobre Atenea le oí referir a un anciano griego, cerquita del Partenón.
“… Atenea era hija, ni más ni menos, que de Zeus (algo así como el padre de todos los dioses) y de Metis. Nació de la cabeza de su padre, adulta y armada del escudo y la lanza. También se la conocía por Palas Atenea. Igualaba en sabiduría a Zeus y sobrepujaba a los demás dioses. Se le atribuía la invención de las ciencias, del arte y de la agricultura, habiendo dado a los griegos el olivo y el arado. Los atenienses la consideraban su protectora y de su nombre deriva el de la ciudad, en donde instituyó el Areópago o Asamblea. Según la tradición, bajo el reinado de Cécrops ella y Poseidón (el dios del mar) contendían por la posesión de Atenas. Los dioses prometieron que correspondería al que hiciese el don más útil a los hombres. Poseidón, de un golpe de tridente, hizo surgir un caballo y, Atenea, un olivo, que los dioses decretaron como más útil a los hombres.
En la guerra de Zeus contra los gigantes defendió a su padre luchando a su lado, y sepultó a uno de aquéllos, Encelade, bajo la isla de Sicilia. Homero nos cuenta que participó en la guerra de Troya, protegiendo a los griegos. Se la representaba como una joven de majestuosa hermosura, armada de lanza y escudo, con la cabeza cubierta por un casco de alto penacho. Conservaba su virginidad celosamente, sin participar en los amores de los otros dioses. El adivino Tiresias fue cegado por haberla sorprendido bañándose. Rechazó las pretensiones de Hefesto (el dios del fuego), que la deseaba. En Atenas se instauraron en su honor las fiestas Pantaneas, una de cuyas escenas puede verse en el friso del Partenón...”
Mas, no obstante ofrecer los mitos diversas variantes y prestarse a incesantes interpretaciones, todos los mitos, los verdaderos mitos, pretenden elucidar un problema, una cuestión puramente humana, eminentemente social. Siguiendo a Robert Graves, el insigne novelista y mitólogo inglés, “el verdadero mito se puede definir como la reducción a taquigrafía narrativa de la pantomima ritual realizada en los festivales públicos y registrada gráficamente en muchos casos en las paredes de los templos, en jarrones, sellos, escudos, tapices, etc.”. Y “un estudio de la mitología griega debería comenzar con un análisis de los sistemas políticos y religiosos que prevalecían en Europa antes de la llegada de los invasores arios procedentes del norte y del este”.
Para Schelling, filósofo alemán, “un pueblo es, en última instancia, su mitología, su idea de la divinidad”. Para Ortega, el filósofo nuestro, “un pueblo es su mitología, y... Mitología es el aire de ideas que respiramos a toda hora... son también mitología las creencias básicas de que parte nuestro edificio espiritual, las tendencias intelectuales que constituyen el empellón inicial recibido del ambiente por nuestra conciencia infantil... Una mitología es un pueblo. La mitología en que nacemos es nuestra fatalidad y nuestro determinismo”.
“Presten mucha atención a los mitos”, recuerdo que terminaba aseverando un venerable rapsoda que los recitaba, divinamente, a la salida de un templo erigido en honor de la diosa Atenea, la nombrada Minerva por los romanos.
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Juan Felipe Simón
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