Cervantes y la rebeldía
09.07.07 @ 08:00:00. Archivado en España
“Malos tiempos para la lírica”, repetía una de las canciones de moda que se dejaba oír desde la radio. Y no le falta razón a su autor. Si por lírica entendemos un afán de trascender, de sobrevivir, de concebir el Universo mediante una buena dosis de sentimiento, con el aderezo de unas gotas de ética y de estética, ciertamente corren malos tiempos para la lírica. Como así mismo corrían en la época de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616).
La cultura en España desde la 2ª mitad del S. XVI vive momentos difíciles. Oficialmente el poder la considera un peligro por donde penetran herejías o donde se refugian minorías inconformistas, como los conversos. La coacción que supone la Inquisición no deja de surtir efecto entre el propio escritor, que actúa con miedo y que termina por autocensurarse. Esta situación se mantendrá inalterable durante el S. XVII. Cada vez serán mayores las penas contra los escritores que vulneran la censura. Todo libro, del tipo que sea, es minuciosamente registrado. Por tanto, las coacciones del ambiente obligan al escritor a elegir con infinito cuidado no sólo el tema de su obra, sino el estilo, la expresión y hasta la personalidad de sus personajes. Don Quijote no será una excepción. Todavía perderá el libro, antes de ver la luz, unas pocas líneas.
Cervantes era un gran disimulador, que recubrió de ironía y habilidad opiniones e ideas contrarias a las usuales. En el Quijote consigna la máxima: “Menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador”. Cervantes es un hábil hipócrita, y ha de ser leído e interpretado con suma reserva en asuntos que afecten a la religión y a la moral oficiales; posee los rasgos típicos del pensador eminente durante la Contrarreforma.
Nació en Alcalá de Henares. Era el cuarto hijo del “zurujano” (oficio entre curandero y médico, con licencia para realizar curas elementales, hacer de barbero y administrar sangrías) Rodrigo. Su padre (alcalaíno de origen cordobés, de donde también provenía su abuelo paterno) alegó ser hidalgo. En 1569, por sostener refriega con herido, huía de Madrid a Italia. Tras alistarse, cumpliendo con su vocación, en uno de los tercios españoles en Nápoles, participa el 7-10-1571 en la batalla de Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos”, donde recibiría la famosa herida que inutiliza su mano izquierda. Regresando de Italia con su hermano Rodrigo, 1575, son apresados por piratas berberiscos y conducidos a Argel. Cinco años de cautiverio, con cuatro intentos frustrados de evasión, que marcaron su biografía pues fue en ellos “donde aprendió a tener paciencia en las adversidades”.
Como persona tiene ideas y aspiraciones reformadoras, a las que ha llegado de la mano de las enseñanzas de un maestro erasmista, López de Hoyos. Su actitud de crítica va disfrazada, a veces, con dosis de humor, lo que le lleva a parodiar incluso los autos de fe, atrevimiento difícilmente pensable en el momento en que vive y escribe el autor del Quijote. Su cautela y su talento le permitirán sortear casi siempre la censura.
La censura impide que la literatura refleje las dificultades y los problemas de la vida real, gracias a su aparato represor. Cervantes piensa que el autor-escritor es la persona más responsable de todas ante la sociedad. Procura no doblegarse a las presiones de la censura. Para él se trata de saber, no tanto las cosas que puede escribir en sus libros como la manera de tratar esos problemas, para que la censura se las deje publicar.
Demuestra su audacia no sólo en temas tan delicados como la Inquisición, los moriscos o la censura. También el tema religioso aparece sobre todo en el Quijote, donde surge la polémica entre los llamados cristianos viejos y los cristianos nuevos, algo continuamente presente en toda la historia del periodo. Por medio de Don Quijote y Sancho, expresa su opinión: “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que él”.
¿Qué pretende Cervantes en su obra? Nos contesta: enseñar y deleitar conjuntamente. Cervantes está profundamente preocupado por los problemas que plantea la realidad; con sus obras pretende participar en su transformación; desecha las lisonjas por remunerables que sean, pese a los apuros económicos en que vive, porque “las obligaciones de las recompensas... y las mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre”.
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad... se puede y debe aventurar la vida”. ¡…Cómo resuenan estas sus últimas palabras!
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Juan Felipe Simón
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