El imperio de lo posible
05.07.07 @ 08:00:00. Archivado en Sociedad
Vivimos inmersos, quizá náufragos, en un océano de posibilidades, en un mar imaginario. Y esto, lo imaginario, en un doble sentido: por existir sólo en la imaginación y por estar salpicado de imágenes, de símbolos.
Conforme el hombre, su saber, su técnica orientada a la producción de una muchedumbre de bienes y necesidades, incluido el propio consumo que también es producido/provocado, conforme el hombre, decía, fue capaz de inundar (de inundarse lentamente quizás sin percibirlo) su hogar, su entorno, su mundo entero, entonces, sólo entonces se percató de que por la espita de la producción indiscriminada (y la de los intereses sobrevenidos) se había ido anegando no sólo la casa del vecino, también la suya propia.
A partir de ahí aprendió a sobrevivir en los islotes, a sobrenadar entre las corrientes de un hábitat nuevo: la Tierra toda se transformó en un maremágnun de posibilidades, en un inmenso símbolo. Desde entonces todo, casi todo, es posible para todos, o para casi todos.
¿Qué ocurre cuando todo lo que nos rodea se convierte en objeto de lo posible? Que todo, además de deseable, apetecible, se convierte en punto de mira de nuestro ancestral egoísmo, de nuestro afán posesivo, de nuestro propio yo. Pero como todo, ni siquiera exiguamente, es posible tenerlo, de ahí la sensación de frustración, de soledad, de hastío que acompaña al hombre contemporáneo.
Porque de las múltiples trayectorias o posibilidades que acompañan, desde el principio, a cada uno de nuestros deseos, de nuestras miradas o acciones, sólo algunas de ellas consiguen su propósito, pero puede que no sean las que más nos agraden. Todos creemos tener derecho (sólo derechos y casi nunca obligaciones) sobre todo: el mundo entero, pues, a nuestro alcance.
Pero eso es sólo un espejismo, porque como hay tantas posibilidades (de bienes, enseres, productos, ya físicos o de imaginería) sobre las que mantenerse a flote, ¿no nos ocurre que casi nunca estamos quietos, aferrados a lo que más nos interesa, sino tratando de hallar el equilibrio, como distraídos por el aluvión de posibilidades que navega ante nuestros ojos?
Vivir entre símbolos, imágenes, posibilidades alcanzables, o que así nos lo hacen creer, no es tener los pies en el suelo, sino elevados por la presión de esa alienada corriente que permanentemente nos balancea, nos arrastra.
De lo anterior podemos deducir que quien más o mejor nos inunde (cualquier Grupo de presión: Gobierno, Empresa, Sindicato, Partido político, etc.), a través de los mayores o mejores o más pródigos medios de comunicación, más tajada sacará de la riada de posibilidades en que nos dejará inmersos.
Ojo avizor, pues. Lo que importa no es nadar en cualquiera de los 32 rumbos que nos marquen los interesados de turno, interesa la superficie sólida sobre la que nos podamos apoyar. Antes de hacer caso a un mensaje, a una posibilidad, debemos rascar la superficie e indagar de dónde proviene la raíz, en dónde se origina la voz. Más que oír y oír palabras debemos escuchar, interpretar, traducir los mensajes, lo cual añade (por supuesto) una porción de atención, de esfuerzo, pero merece la pena por lo esclarecedor que finalmente puede resultar.
Reconozco que la imaginación forma parte de la realidad, por eso me pregunto: ¿no podríamos ir imaginando un mundo menos posibilista y más orientado al hombre y a su hogar, la Naturaleza, elemento inseparable de aquél, o sea, no podríamos imaginar un mundo menos cosificado y más humanitario, menos localista y más universal?
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Juan Felipe Simón
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