Confieso que he pecado
31.05.06 @ 21:59:44. Archivado en TV y yo
Me refugio en la Biblia (Josué 7, 20) por si, ciertamente, estoy ante el final de mis días. Hoy el verdugo esconde el cuello porque se ha enfrentado cara a cara con la guillotina. Hoy he visto pasar mi vida en un minuto, con mi curriculum vitae adjunto a la foto. Hoy, mis queridos niños, he participado en un casting para colaborar en la tele, válgame Dios. Y, francamente, ha sido una experiencia religiosa.
Porque sólo veía una luz, figuras como recortadas y un agujero negro al que debía mirar, léase cámara. Este limbo catódico era más bien un purgatorio del gremio de críticos de televisión, un proyecto que, de salir adelante, será como un oasis en mitad del desierto, como el paraíso en el que podremos plasmar en movimiento lo que nos salga por el tubo de imagen.
Aunque en verdad os digo que no he visto pasar mis décadas en 59 segundos, más bien he tenido que contarles mi vida en un minuto. Porque decir algo coherente e inteligente sobre el medio durante ese tiempo es como tener una corona de espinas dentro de la cabeza, donde fluyen cientos de ideas que acaban en el cuello de botella que es la boca. Y sin escupir.
Ahora que lo pienso en frío, menudo infierno, menudo pastiche les solté. Que si 'un minuto apenas da para enumerar lo que se salva y lo que no de la programación', que si 'el problema es que la gente zapea por todos los canales en menos de un minuto', que si 'ojalá dedicaran más de un minuto a reposar nuevos contenidos', que si 'no dedicaría mi tiempo en criticar ni un sólo minuto el prólogo de velatorio público de Rocío Jurado en el que se convirtió el último Salsa Rosa'... Jo, qué rollo apocalíptico. Prometo pagar penitencia, lo prometo.
Modestia aparte, reproduzco aquí lo que dije al término de la prueba: mi sincera gratitud por haberse fijado, al menos, en este humilde bloguero a quien, como reza su lema, sólo le queda opinar, justo castigo a su teleadicción. Que esta aventura cibernética, que pronto cumplirá los cuatro años, acabe siendo escuchada en alta voz en un estudio, una sola vez, ha sido un pequeño milagro hecho realidad.
Pero sin peloteos, que como toda experiencia religiosa también ha tenido su via crucis y, cómo no, su gran clavada: los 23,50 euros de taxi que me voy a comer con patatas por ‘problemas ajenos a la producción’. A ver cómo coño le paso ahora la factura a Alfonso Rojo. Virgen santa, qué cruz...
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Armando Adistán








