Así reza la antigua sentencia, referida a la exención papal respecto a todo tribunal de la tierra: Prima Sedes a nemine iudicatur; nadie puede juzgar a la Sede Primacial de Pedro, al Papa, a la Santa Sede. Es uno de esos principios canónicos formulados en la Edad Media, con todo derecho, con toda consciencia. Era en aquellos días, cuando el Papa coronaba emperadores y los deponía. Aunque primeramente se refería a los posibles litigios entre sede y sede, obispos contra obispos y esos habituales conflictos intra-eclesiales.
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La situación de la Iglesia en Austria es peor, mucho peor de lo que cualquiera medianamente "sensible" pudiera temer. A estas alturas, Austria es una bomba con mecanismo activado que puede estallar en cualquier momento.
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Con una nota muy circunspecta, muy "de oficio", despacha la Agencia Zenit la noticia sobre el "encuentro" del Papa con los Obispos austriacos. Pero, entre líneas, se leen más cosas.
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Esta mañana, Benedicto XVI ha recibido en audiencia a una "comisión" de Obispos austriacos. Seguramente que el episodio del "Corpus" de Linz habrá salido a relucir (en Roma ha caído como una bomba, según me cuentan); pero la audiencia-reunión ha tenido que tocar también otros asuntos, seguramente.
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Hace unos días, esta misma semana que concluye, publicaron y leí un texto inquietante, con aguijón y retranca, medio sibilino, medio coz de mula. Apareció en una sección fija de una reconocida revista de información religiosa-cristiana, lo cual prestaba al "breve" cierta "entidad", también "intencionalidad", e incluso un tono "enigmático", por la forma.
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Que el viaje de Benedicto XVI a Tierra Santa ha sido distinto, muy distinto, es patente. Un viaje en el que el Papa ha sido Pontifex, según aquella etimología que algunos dan al vocablo latino: El que tiende puentes. Un ministerio que hace puente entre lo humano y lo divino...o entre hombres y hombres
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No lo he visto, gracias a Dios, y me he librado de pasar un mal rato. Pero habrán sido, me figuro, unos minutos tensos y desagradables para el Papa: Un personaje palestino-jerosolimitano de primer orden, el jeque Taisir Tamini, presidente de los tribunales islámicos de Jerusalén, ha tomado la tribuna y el micrófono por asalto, y se ha puesto a lanzar exabruptos contra el Estado de Israel. Dos de los representantes judíos invitados se han levantado, airados, abandonando el acto. Mientras, el Patriarca Latino, Su Beatitud Fouad Twal, intentaba, sin conseguirlo, calmar y callar al jeque.
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Los liberales, revolucionarios y sectarios del siglo XIX estaban seguros de que con la desaparición de los Estados Pontificios daban la puntilla al Papado. Aunque la maniobra fue, finalmente, italiana, era toda Europa (todo el mundo) quien estaba atento y comprometido, más o menos, con la caída de la Santa Sede. Tan cierto como que desde Pio VI, a fines del XVIII, la situción del Estado Papal era insostenible. Sólo faltaba dar el golpe de gracia.
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