
El Evangelio de este Domingo XXVI-A Mt 21,28-32 es una breve Parábola con mucha miga, que seguro no dejó sin reacción a sus primeros oyentes. Y el final es un aguijonazo verdaderamente revulsivo, casi imposible de pasar por alto. Una contundente "palabra de Dios".
¿Cómo se entiende? Por el contexto y la misma explayación del Señor, se refiere a la impenitencia de los "optimi" de Israel, sacerdotes del Templo y nobleza de Jerusalén. Pese a esa primera intención, proclamar este Evangelio parece incluirnos dentro de su "ámbito intencional", más allá de su escena real original. Es una de las "propiedades" de la Palabra, su "perdurabilidad", que la re-actualiza y la hace efectiva "para" nosotros.
Obedecer-no obedecer; decir si-decir no; hacer-no hacer. Desde Adán y Eva hasta Maria la Virgen en Nazareth, toda la Sagrada Escritura podría leerse desde estas perspectivas-claves. Su culmen es el Calvario, con el Hijo obediente hasta la Cruz, un Misterio implícito en casi todas esas Parábolas predicadas por el Señor en los dias que precedieron inmediatamente a su Pasión.
Mientras haya voluntad y consciencia, se puede dar un sí y obrar en consecuencia; o pronunciar un no renuente. También mientras estén activas las facultades del hombre, el no puede cambiarse por un sí corroborado por las obras o, al contrario, desdecirse de la intención positiva primera y negarse a hacer. Hasta el último momento. En este sentido, la escena de los dos ladrones que flanquean a Cristo Crucificado podría interpretarse como un particular significativamente valioso.
El término "publicano" carece actualmente de valor, a no ser que se explique. Pero el de "prostituta" conserva, si no el mismo, gran parte del sentido que tenía en tiempos de Cristo, resultando tan "impactante". Un golpe para la conciencia del creyente, no sea que esté sin hacer lo que dijo que haría mientras los que se negaron en el primer momento nos estén ganando con obras y acción, dejándonos en evidencia por un sí que no realizamos.
La palabra (con el sí, nuestro sí) tiene que hacerse carne y habitar entre nosotros. Es la "ley" de la Encarnación, el Misterio que inicia el Evangelio y que está siempre operativo en una verdadera vida cristiana. Si al sí de la intención no le sigue la obediencia con sus obras, no nos movemos con la "dinámica" de la Salvación.
El amor está en el centro de la obediencia, el que obedece está movido por el amor: Por amor, Él se hizo obediente al Padre hasta la muerte de Cruz.
Que ese sea nuestro movimiento, hermanos.
+Rev.
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Frater, maravilloso comentario homilético. Yo en la de hoy, he completado el texto evangélico con la epístola: decir sí como María, el "fiat voluntas tua" agradable al Padre, sólo es posible teniendo los mismos "sentimientos de Cristo". Aprendiendo en la escuela de sus virtudes. Por pura gracia. Y por voluntad.
Es, pues, el afecto cristiano (cristocentrismo) el que conduce al amor, a la vida en plenitud. Ésa es la originalidad de la moral cristiana. Usted lo ha retratado perfectamente. Feliz Domingo. Un cordial saludo.
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Martes, 29 de mayo
Reverendo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez