
Un Evangelio muy "eclesial" el de este Domingo XXIII-A. Empieza con la corrección fraterna, sigue con la potestad de atar-desatar, y termina hablando de la oración eficaz de los cristianos en concordia, más la presencia del Señor vinculada a la congregación de sus discípulos. Todo en unos cuántos versículos Mt 18, 15-20
La corrección fraterna es una gracia. Una gracia que algunos tienen para saber corregir. Además, para que la acción sea completa, se necesita otra gracia más: La de los corregidos, para que sepan corresponder con la enmienda de sus yerros. La caridad está intimamente vinculada a la corrección, tanto para saber hacerla como para poder encajarla. Por eso es tan dificil corregir bien, porque no suele prevalecer la caridad en la intención del corrector, ni en la voluntad del corregido.
Recuerdo una lección de mi maestro, un dominico sabio. Era a propósito de la virtud de la Caridad, y nos enseñaba que: El pecado mayor es el del escándalo, porque induce al prójimo a pecar, y lo expone a la condenación; y, por el contrario, el mayor acto de caridad es el de la corrección fraterna, porque procura que el prójimo deje el pecado, y lo pone en via de salvación. Todo muy tomista, muy de la secunda secundae de la Suma. Pero evangelio neto.
Dicen lo mismo esos versículos de la Carta de Santiago, una joya del Nuevo Testamento: "Si alguno de vosotros, hermanos míos, se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados." St 5, 19-20 Parece casi evidente que este Evangelio late en esta cita, como una glosa de las palabras del Señor.
También resulta casi patente que esa primera Iglesia tenía tan presentes los mandamientos referentes a la caridad en la comunidad. Que la vida en comunidad es una complicación se desprende ya de los primeros versículos de este Evangelio, precisamente en lo tocante a la corrección de los hermanos. Esa progresión del primero al segundo, y de los dos a un tercero, y del tercero a la comunidad, parece una progresión geométrica de un problema de la caridad.
Si no existiera la caridad como fundamento y motor, sería imposible el atar-desatar, que yo entiendo como un ligar-desligar por y en caridad, ya sea para unir, ya para soltar o liberar. Desde esa caridad de los hermanos con los hermanos, se entiende la virtud de la presencia del Señor, activa porque se congregan por Él.
Me gusta extender este sucinto y casi sentencioso texto de S.Mateo con los capítulos del Evangelio de S.Juan que narran la secuencia de la Última Cena, como si fuera un adelanto de lo que el Señor iba a explayar en la intensa Noche de su Pasión.
No me gusta corregir porque me da pereza complicarme en la vida de nadie; ni me gusta ser corregido, porque tengo muy activo el amor propio con su correspondiente orgullo. En esto me reconozco de mi generación, que hizo del "Paso de tí/Paso de eso/Paso de todo" una especie de contraseña de la post-modernidad tolerancista. En el fondo, no practicar o no encajar la corrección del prójimo es señal de un profundo egoismo, vana y engañosamente autosuficiente.
Nuestros niños ya no aprenden de memoria en las catequesis las Obras de Misericordia, la 7 Corporales y las 7 Espirituales; entre estas la de "Corregir al que yerra". Me preocupan estos vacíos de doctrina que podrían ser luego ignorancia de virtud.
Conque corrijamos y corrijámonos por caridad, hermanos.
+Rev.
Martes, 29 de mayo
Reverendo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez