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La emergencia de la violencia contra las mujeres

Permalink 25.02.09 @ 05:41:13. Archivado en 2.2 Textologías

EL CUERPO VIOLENTADO de las mujeres maltratadas está siendo objeto de un profuso debate. Al rastrear los discursos que se van conformando en torno a este debate asistimos a la preeminencia de una práctica de gobierno -a la que Foucault denominó gubernamentalidad (1978)- que además de haber impulsado en los últimos años una serie de dispositivos jurídicos, penales y asistenciales de carácter específico -en el Código Civil y Penal, a través del Servicio de Atención a la Mujer de la Policía Nacional, del Equipo de Mujeres y Menores de la Guardia Civil, del Servicio de Atención a la Violencia Doméstica, del Protocolo de actuación Sanitaria, etc-, ha promovido el desarrollo de un conjunto de saberes especializados -estadísticas y toda clase de datos sobre las maltratadas, perfiles de maltratadores y víctimas, tratamientos médico-psicológicos, medidas de alcance europeo y mundial, guía de buenas prácticas, etc- que han ido transformando la percepción y los modos de abordar esta cuestión y, en definitiva, la relación entre las mujeres y el Estado.

La complicidad, frecuentemente señalada en la teoría feminista, entre Estado, capitalismo y patriarcado heteronormativo, fuertemente cohesionados en la perpetuación de las jerarquías de género en la familia, en el sistema productivo y en los ámbitos públicos [1] ha dado paso en unos cuantos años a un nuevo panorama en el que cabría pensar que el Estado se ha situado «del lado de las mujeres» convirtiéndose en abanderado, garante y gestor de la libertad de estas últimas frente a aquellos hombres que aún pretenden beneficiarse por la fuerza de un orden social heredado en aparente contradicción con los principios de la ciudadanía (neo)liberal. Esta percepción nos sitúa nuevamente ante la relación entre las mujeres y los discursos y las prácticas que emanan del Estado, ante las transformaciones del papel del este último que, como señalan algunas autoras feministas, ha sido una de las principales bajas de la teoría social reciente, y ante las formas en las que hoy se ejercer el gobierno y, en un sentido general, el poder (Pringle y Watson 2002).

El cambio fundamental en el gobierno, tal y como lo entiende Foucault, se refiere a la entrada de la vida en la política. De acuerdo con Lazaratto, para Foucault, las técnicas de poder cambian a partir de la integración de la economía (en tanto que gobierno de la familia) y la política (en tanto que gobierno de la polis). La cuestión, en adelante, se refiere a «la manera de gobernar como es debido a los individuos, los bienes, las riquezas, como puede hacerse dentro de una familia, como puede hacerlo un buen padre de familia que sabe dirigir a su mujer, a sus hijos, a sus domésticos, que sabe hacer prosperar a su familia, que sabe distinguir para ella las alianzas que le conviene. ¿Cómo introducir esta atención, esta meticulosidad, este tipo de relación del padre con su familia dentro de la gestión de un Estado?» (Foucault 1991,p.14). Y ¿cómo, siguiendo a Pateman, en esta entrada se produce una alianza fraternal, un contrato socio-sexual, que no responde ya al poder del padre sino al de los hombres, en sentido genérico, sobre las mujeres? (Pateman 1988).

La gran novedad de los nuevos dispositivos biopolíticos de gobierno es justamente que no revisten un carácter estrictamente represivo sino que se apoyan en el carácter productivo de la existencia social, del cuerpo social; aspiran a «mejorar la suerte de la población» y lo hacen profundizando en la acción de los propios sujetos sobre sí mismos y sobre los otros. El poder, en esta aproximación, multiplica sus puntos de condensación haciéndose inmanente en todas las relaciones sociales. «El problema político fundamental de la modernidad no es el de una causa de poder único y soberano, sino el de una multitud de fuerzas que actúan y reaccionan entre ellas según relaciones de obediencia y mando (…) La biopolítica, observa Lazarato, es entonces la coordinación estratégica de estas relaciones de poder dirigidas a que los vivientes produzcan más fuerza» (2000, p. 11).

La emergencia de la violencia de género se inscribe en esta transformación fundamental de las modalidades administrativas. En efecto, la violencia ha pasado de ser un secreto ignominioso, siempre insuficientemente guardado y regulado en el seno de las parejas, las familias y las comunidades a ocupar en nuestros días un lugar destacado entre los fenómenos de intervención estatal y mediática. De acuerdo con Foucault, en los Estados administrativos «gubernamentalizados», las familias han dejado de ser un modelo para el gobierno del Estado -el del cabeza de familia que dirige y controla todo lo que sucede en su casa- para convertirse en un instrumento privilegiado del gobierno de la población. Es a través de la familia como el Estado puede organizar ámbitos de la existencia de los individuos como la maternidad, la prevención de la salud, la reproducción de la fuerza de trabajo, el consumo, la asistencia y el cuidado a las personas, etc. cuyas dinámicas se sitúan al margen del marco jurídico de la soberanía (1978, pp. 21-23). La relación de poder que implica la violencia, una relación que se extiende desde lo infinitesimal hasta abarcarlo todo -la identidad, la cultura, la reproducción, el lenguaje, etc.-, y las resistencias y contra-posiciones que suscita son aprehendidas en una nueva modalidad de dominio sobre los cuerpos. Gobernar la violencia se convierte, por lo tanto, en un modo de gobernar a las mujeres introduciendo una acción externa, de expertos, jueces, policías, etc., y simultáneamente interna a cargo de las propias mujeres en su relación con las distintas instancias de poder y con los hombres.

Las fuerzas sociales hegemónicas desde el Estado y la comunicación se han decidido a hablar sobre la violencia erigiéndose en las auténticas «especialistas» de nuestro tiempo. Se suceden, especialmente por parte de las instituciones, discursos en los que se subraya que este fenómeno concierne al conjunto de la sociedad y se advierte sobre el paso adelante dado gracias al creciente compromiso de los organismos públicos y los medios de comunicación en su visibilización. Informativos, reality shows, informes y estadísticas, investigaciones, cursos de expertos y campañas de prevención no son más que algunas de las formas que adopta el interés que se ha generado en torno a un tipo de violencia que hace no tanto únicamente interesaba a aquellas que aspiraban a abolirla mediante la lucha política. Así, comunicadores y políticos actúan como auténticos dinamizadores en un debate que ha desplazado a un segundo o tercer plano el componente de agitación y transformación social que hace unos años tuvieran las luchas en contra de las agresiones.

No cabe duda de que nos encontramos ante un hecho novedoso, sorprendente incluso, para quienes han luchado durante años por desnaturalizar y acabar con esta clase de violencia. El feminismo en tanto motor político y simbólico en la emancipación de las mujeres, herramienta de análisis de las formas de explotación y dominación de las mismas en distintas sociedades, catalizador de hábitos nuevos y alegres y enunciación colectiva y visible de una multitud de deseos femeninos individuales ha sido un elemento clave para entender este fenómeno. En sus distintas expresiones, ámbitos de acción, ubicaciones geográficas, objetivos y encrucijadas, el feminismo ha producido nuevas subjetividades femeninas que han alternado irremisiblemente las relaciones de poder entre las mujeres y los hombres constituyéndose en un referente fundamental, aunque no siempre admitido o entendido del mismo modo, para muchas mujeres. En este sentido, la presión ejercida desde estas subjetividades resulta clave a la hora de nombrar y dar presencia en lo público a este tipo de violencia.

Si atendemos a la visibilización de la violencia contra las mujeres [2] en el Estado Español, hoy por hoy expresada por el número de denuncias, veremos cómo, hasta el año 1997, el aumento de las mismas coincide con momentos álgidos en la movilización y la denuncia social (véase el cuadro n° 1). Tras un periodo de estancamiento, esta dinámica cambia, y el protagonismo que anteriormente jugara el movimiento feminista (MF) cede ante el papel que en adelante desempeñarán los medios de comunicación y los organismos institucionales o seminstitucionales, con el consiguiente cambio en la comprensión y los modos de abordar esta cuestión. El cambio en la enunciación del «problema» («abuso», «malos tratos», «agresiones», «violencia machista», «violencia doméstica», «violencia contra las mujeres», «terrorismo doméstico», etc.) no sería más que una de las manifestaciones de la transformación general del discurso sobre/contra la violencia, un discurso que en el Estado Español se inicia en la década de los 70 y tiene al movimiento feminista como primer enunciador.

Tal y como explicaremos más adelante, los cambios en las concepciones feministas que se han producido a lo largo de las últimas décadas han ido desplazando los campos de intervención del MF, entre ellos, el de la violencia. Así, en lo que se refiere a ésta última, el espacio reivindicativo de los 80, ocupado por grupos de mujeres locales o temáticos como las Comisiones Anti-Agresiones, se transformó en los 90 en un espacio de atención o asistencial dirigido a las víctimas (espacio inexistente con anterioridad) más o menos autónomo con respecto a las instituciones que en los últimos años ha consolidado su posición y su dependencia con relación a las mismas (véase el cuadro n° 2). En este sentido, el Estado empleará y aprovechará todo el potencial, esfuerzo, conocimiento y entusiasmo desplegado por las organizaciones feministas durante la década de los 80 para ponerlo al servicio, como explicaremos más adelante, de una racionalidad propia (Bourdieu 1999, pp. 291-304).

Antes de adentrarnos en la caracterización de este desplazamiento político en el tratamiento de la violencia en el Estado Español, así como a la gestión institucional de la misma, consolidada a lo largo de la última década, nos referiremos brevemente a la encarnación o corporeidad como un instrumento central de las políticas feministas y, en particular, de las políticas contra la violencia.

Acción feminista y gubernamentalidad.
La emergencia pública de la violencia contra las mujeres

Begoña Marugán Pintos
Cristina Vega

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La noción de sobremodernidad

Permalink 25.02.09 @ 05:38:04. Archivado en 2.2 Textologías

"NEOLOGISMO POR NEOLOGISMO, les propondré por mi parte el término de sobremodernidad para intentar pensar conjuntamente los dos términos de nuestra paradoja inicial, la coexistencia de las corrientes de uniformización y de los particularismos. La situación sobremoderna amplía y diversifica el movimiento de la modernidad; es signo de una lógica del exceso y, por mi parte, estaría tentado a mesurarla a partir de tres excesos: el exceso de información, el exceso de imágenes y el exceso de individualismo, por lo demás, cada uno de estos excesos está vinculado a los otros dos.

El exceso de información nos da la sensación de que la historia se acelera. Cada día somos informados de lo que pasa en los cuatro rincones del mundo. Naturalmente esta información siempre es parcial y quizá tendenciosa: pero, junto a la evidencia de que un acontecimiento lejano puede tener consecuencias para nosotros, nos refuerza cada día el sentimiento de estar dentro de la historia, o más exactamente, de tenerla pisándonos los talones, para volver a ser alcanzados por ella durante el noticiero de las ocho o durante las noticias de la mañana.
El corolario a esta superabundancia de información es evidentemente nuestra capacidad de olvidar, necesaria sin duda para nuestra salud y para evitar los efectos de saturación que hasta los ordenadores conocen, pero que da como resultado un ritmo sincopado a la historia. Tal acontecimiento que había llamado nuestra atención durante algunos días, desaparece de repente de nuestras pantallas, luego de nuestras memorias, hasta el día que resurge de golpe por razones que se nos esca-pan un poco y que se nos exponen rápidamente. Un cierto número de acontecimientos tiene así una existencia eclíptica ,olvidados, familiares y sorprendentes a la vez, tal como la guerra del Golfo, la crisis irlandesa, los atentados en el país vasco o las matanzas en Argelia. No sabemos muy bien por donde vamos, pero vamos y cada vez más rápido.

La velocidad de los medios de transporte y el desarrollo de las tecnologías de comunicación nos dan la sensación que el planeta se encoge. La aparición del cyberespacio marca la prioridad del tiempo sobre el espacio. Estamos en la edad de la inmediatez y de lo instantáneo. La comunicación se produce a la velocidad de la luz. Así, pues, nuestro dominio del tiempo reduce nuestro espacio. Nuestro “pequeño mundo” basta apenas para la expansión de las grandes empresas económicas, y el planeta se convierte de forma relativamente natural en un desafío de todos los intentos “imperiales”.

El urbanista y filósofo Paul Virilio, en muchos de sus libros, se preocupó por las amenazas que podían pesar sobre la democracia, en razón de la ubicuidad y la instantaneidad con las que se caracteriza el cyberespacio. Él sugiere que algunas grandes ciudades internacionales, algunas grandes empresas interconectadas, dentro de poco, podrán decidir el porvenir del mundo. Sin necesariamente llevar tan lejos el pesimismo, podemos ser sensibles al hecho de que en el ámbito político también los episodios locales son presentados cada vez más como asuntos “internos”, que eventualmente competen al “derecho de injerencia”. Queda claro que el estrecha-miento del planeta (consecuencia del desarrollo de los medios de transporte, de las comunicaciones y de la industria espacial) hace cada día más creíble (y a los ojos de los más poderosos más seductora) la idea de un gobierno mundial. El Mundo Diplomático del mes pasado comentaba, bajo la pluma, por cierto muy crítica de un profesor americano de la universidad de San Diego, las perspectivas para el siglo que viene trazadas por David Rothkopf, director del gabinete de consultorías de Henri Kissinger. Las palabras de David Rothkopf en el diario Foreign Policy hablan por sí mismas:

“Compete al interés económico y político de los Estado Unidos el vigilar que si el mundo opta por un idioma único, éste sea el inglés; que si se orienta hacía normas comunes tratándose de comunicación, de seguridad o de calidad, sean bajo las normas americanas; que si las distintas partes se unen a través de la televisión, la radio y la música, sean con programas americanos; y que, si se elaboran valores comunes, estos sean valores en los cuales los americanos se reconozcan”.

En realidad, no hay aquí nada de extraordinario ya que las tentaciones imperiales no fechan de hoy ni incluso de ayer, pero el hecho notable es que el dominio imaginado ahora es planetario y que los medios de comunicación constituyen su arma principal.
Ahora bien, el tercer término por el cual podríamos definir la sobremoderni-dad consiste en la individualización pasiva, muy distinta del individualismo con-quistador del ideal moderno: una individualización de consumidores cuya aparición tiene que ver sin ninguna duda con el desarrollo de los medios de comunicación.

Durkheim, a principios de este siglo, lamentaba ya la debilitación de lo que llamaba los “cuerpos intermediarios”: englobaba bajo este término las instituciones mediadoras y creadoras de lo que llamaríamos hoy en día el “nexo social”, tales como la escuela, los sindicatos, la familia, etcétera. Una observación del mismo tipo podría ser formulada con más insistencia hoy, pero sin duda podríamos precisar que son los medios de comunicación los que sustituyen a las mediaciones institucionales.

La relación con los medios de comunicación puede generar una forma de pasividad en la medida en que expone cotidianamente a los individuos al espectáculo de una actualidad que se les escapa; una forma de soledad en la medida en que los invita a la navegación solitaria y en la cual toda telecomunicación abstrae la relación con el otro, sustituyendo con el sonido o la imagen, el cuerpo a cuerpo y el cara a cara; en fin, una forma de ilusión en la medida que deja al criterio de cada uno el elaborar puntos de vista, opiniones en general bastante inducidas, pero percibidas como personales.
Por supuesto, no estoy describiendo aquí una fatalidad, una regla ineluctable, pero sí un conjunto de riesgos, de tentaciones e incluso de tendencias. Tiempo atrás, la prensa escribió sobre una parte de la juventud japonesa, la cual, a través de los medios de comunicación, llegaba hasta el aislamiento absoluto. Despolitizados, poco informados sobre la historia del Japón, naturalmente opuestos a la bomba atómica y tentados a huir en el mundo virtual, los otaku (es así como los llaman) se quedan en su casa entre su televisor, sus vídeos y sus ordenadores, dedicándose a una pasión monomaníaca con un fondo de música incesante. Un informe americano muy fundamentado dio a conocer recientemente el sentimiento de soledad que invade a la mayoría de los internautas.

En cuanto a la individualización de los destinos o de los itinerarios, y a la ilusión de libre elección individual que a veces la acompaña, éstas se desarrollan a partir del momento en el que se debilitan las cosmologías, las ideologías y las obli-gaciones intelectuales con las que están vinculadas: el mercado ideológico se equi-para entonces a un selfservice, en el cual cada individuo puede aprovisionarse con piezas sueltas para ensamblar su propia cosmología y tener la sensación de pensar por sí mismo.

Pasividad, soledad e individualización se vuelven a encontrar también en la expansión que conocen ciertos movimientos religiosos que supuestamente desarrollan la meditación individual; o incluso en ciertos movimientos sectarios. Significativamente, me parece, las sectas pueden definirse por su doble fracaso de socialización: en ruptura con la sociedad dentro de la cual se encuentran (lo que basta para distinguirlas de otros movimientos religiosos), fracasan también a la hora de crear una socialización interna, ya que la adhesión fascinada por un gurú la reemplaza y se revela a menudo incapaz de asegurar de forma duradera en la reunión de algunos individuos ¾o más bien la agregación que toma la apariencia de reunión, un mínimum de cohesión. El suicidio colectivo, desde esta perspectiva, es una salida pre-visible: el individuo que rechaza el nexo social, la relación con el otro, ya está simbólicamente muerto.

Sobremodernidad. Del mundo de hoy al mundo de mañana.
Marc Augé

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