
LA DUENDE ME OBSERVA desde ese ventanal. Camino; tropiezo con la gente que atraviesa la calle a toda prisa. El ruido de los automotores rumiantes aceleran mi paso. Una canción se repite una y otra vez en la rocola del bar de mi mente. El calor me asfixia, me pone de malas. Pienso en que tiene razón Jaime El Chatarrero: todo es gris: el asfalto, la banqueta, el cielo, el caminar de la gente. Es control. Ni una sola planta; los árboles ya forman parte de la arqueología citadina. Los pocos que quedan o son muertos petrificados o enfermos incurables... El corazón se me acelera; siento que se va a salir de mi cuerpo y que tendré que perseguirlo por las avenidas como alguien que persigue a un perro desobediente. La busco telepaticamente primero, luego le marco a su celular.