
EN LA MERCED. Muy cerca del primer cuadro de la ciudad de México. Hay un callejón donde las féminas caminan en círculo. Ambulantaje. Chicas apostadas sobre la avenida San Pablo. Bares de malamuerte. Mujeres y hombres salen de una puerta custodiada por algunos tipos malencarados.
—Sólo 90 pesos es el precio que debes pagar por tu felicidad, muñeco— le dice una tal Claudia a su potencial cliente.
Ella viste una corta falda azul de licra, zapatillas blancas, cinturón de estoperoles, uñas mal pintadas, cabello negro rizado. Encima se ha untado un perfume barato y desagradable. Quizá el olor proviene de sus machos intercambiables.
Demasiado lipstick para intentar verse más grande. Tendrá a lo mucho unos 20 años. Su piel morena está montada sobre una mirada de diosa desheredada.
En tanto, Claudia se deja arrastrar por el vaivén de la redonda pasarela. La pasarela como una metáfora de sus días. Todo da lo mismo. Total, ¿para qué oponerse?
Va y viene. Sonríe. Platica con algún otro tipo. Recorre unos 80 metros y por fin regresa:
—Anda, no te la vas a pasar mal.
Mientras espera la respuesta da un suave pellizco en la enorme barriga del sujeto que la pretende, al menos eso se ve de inicio, contratar. Rentar un cuerpo durante 15 minutos.
—No, ahorita te digo, deja veo más— responde el barrigón que se voltea, toma su diablo de carga y se pierde entre puestos de ambulantes de ropa, herramientas, baterías para relojes y grabadoras; discos, películas pirata y cuerpos en movimiento nutriéndose de deseos.
Callejón Manzanares. La Merced. Muy cerca del primer cuadro de la capital. Aventurera se enfada y regresa a darle cuerda a su reloj imaginario que se traza sobre el angosto callejón entre el olor a sudor y a decadencia. Alguien debe tributar algo para saciar su olvido.
En tanto, un grotesco mural de miradas la persigue. Le reclaman cariño. La olfatean. Ella pide algo a cambio. A ellos les resulta molesto. Creen que todo debe ser gratuito, como el amor [¿existirá? —Claro que no, cariño. Ya no veas tantas telenovelas— dice Afrodita Claudia quien mastica a la vez un chicle que parece ser más su lengua desgastada por las vueltas que da]. ¿Pero este espectáculo underground no es amor, verdad?
Según el suicida pensador alemán Walter Benjamin, para comprender las actitudes del hombre moderno debemos primero entender sus ciudades. No es mal comienzo. De esta calle amafiada podría decirse que es un no-lugar, en el sentido que le da el antropólogo francés Marc Augé: flujos espaciales, zonas de tráfico y consumo. Pero también un espacio necesariamente contemporáneo de confluencia anónima.
Luego entonces, en este callejón de tráfico comercial, en este callejón del sexo, todos son máquinas deseantes anónimas.
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Esta crónica apareció publicada en EL UNIVERSAL
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