Mutantes anti-tiempo
28.05.07 @ 09:37:08. Archivado en 1.5 El tema de hoy, 1.3 Imagología, 1.2 Mis fotos
SI UNO CAMINA SOBRE AVENIDA JUÁREZ en dirección hacia el zócalo se pueden ver a dos personas infringiendo la ley de la paranoide actitud citadina de ir a prisa todo el tiempo, se trata de Liliana y Jonathan. Entre el edificio diseñado por Jorge Legorreta y el Hotel Bamer, sobre la calle, hay un performance cuyo tema principal es el anti-reloj, el anti-tiempo o las horas-trabajo de las cuales somos esclavos.
Ellos son los mutantes, los transformados, los que no se mueven. Dos estatuas humanas que Benito Juárez parece ver, atento y serio, desde su altura donde está custodiado por un ángel y una mujer con espada y antocha . Abajo, un grupo de orientales se acercan a ellos y les toman fotos, como si se tratara de un antigüo edificio como si sólo pudieran conocer a través de su cámara digital. Al otro lado, el organillero estira una mano y con la otra gira a una palanca que hace al instrumento chillar ruidos agudos y dulces. Parejas, solitarios y policías pasan por allí o los miran o se siguen de largo. Sin embargo, ellos ahora parecen guerreros de teatro japonés. Unos pasan y les dejan alguna moneda. Otros sólo miradas y sonrisas.
Sin embargo, no siempre ha sido la microhistoria. Al Hombre estatua, una vez, unos malandros le robaron su disfraz; era su modus vivendi, su uniforme de trabajo y el alter ego que platicaba con él todo el tiempo. Sobre la calle Motolinía, y en diversos puntos del Centro Histórico, aparecía congeladamente fantasmagórico con un traje color café, sombrero y un velíz sepia sobre el suelo. Ahora esta todo vestido de rojo, con una larga capa, sombrero y rostro colorado parece más bien un diablo de pasarela, pero bueno "en lo que se acostumbra al nuevo disfraz", dice.
"¿De qué se trata?" --les pregunto. --Dinero y arte-- responden-- de hacer ver a la gente que pasa y nos ve que detengan su histeria, sólo eso. Y siguen, ahora Ella se detiene sobre el aire, como otra pieza de arte espacida en el ambiente. Su cuerpo es delgado, pequeño. Adopta movimientos como si fuera un extraño animal en busca de presas. Junto a la entrada principal de la sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores actúa como una sombra corpórea. Rompe la monotonía. Un largo sombrero enmarca su rostro blanco. No dice nada. Sólo mira. Entonces su boca forma una delgada línea, pero nada más. Se mece como si fuera la bailadora estrella de un ballet de improvisados
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Filemón Alonso - Miranda
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