El Evangelio de los Déspotas
09.04.07 @ 07:46:51. Archivado en Biografía
CIRCULA ENTRE ALGUNOS COLEGAS periodistas cierto temor de cubrir la fuente policiaca debido al incremento de violencia relacionada con los cárteles del narcotráfico. Reciben amenazas de muerte si publican fotos, nombres o si indagan más sobre un caso específico. Algunos bromean y señalan que lo más conveniente será realizar coberturas para la sección de cultura o sociales. Total, insisten, si hablas mal de la última novela de un escritorzuelo o si criticas con el hígado el más reciente disco de esos cantantes plastificados, lo más lejos que puede llegar la represalia a ese nivel podría consistir en que ya no te vuelvan a mandar invitaciones o textos.
Desde mi punto de vista no hay ni habrá quien pare esta espiral de narcoejecuciones en el país. No habrá una solución mientras no se legalice la droga en México para quitarle el poder a las poderosas empresas transnacionales llamadas cárteles del narcotráfico. Eso no sucederá en tanto Estados Unidos mantenga esa doble moral hacia el tema –como muchos otros- ya que, por un lado, necesita narcóticos suficientes para satisfacer la demanda de sus 30 millones de adictos. Tampoco sucederá porque los señores de la droga jamás permitirán que unos legisladores acaben con sus negocios.
Hace meses escuché una conversación acerca de un informador que al llegar a Michoacán fue abordado por una persona que le sentenció que en caso de persistir en su búsqueda de datos, en torno a grupos del narcotráfico en la entidad, iba a morir. Luego le recomendó que mejor se divirtiera y olvidara del asunto. Nosotros te hacemos llegar todo lo que necesites, agregó. ¿Y saben qué pasó? El corresponsal decidió irse de fiesta. ¿Qué caso tenía jugar al Clark Kent cuando la criptónita musical de las R-15 o AK-47 iba a ser lo último que escuchara?
La semana pasada en internet circuló un video donde un supuesto integrante de Los Zetas, brazo armado del cártel del Golfo, era decapitado con un filoso cable tras delatar a todos los sicarios y cómplices de esa organización delictiva –allí mencionaba a un jefe policiaco de la AFI actualmente prófugo-. Minutos antes ya le habían dado una tremenda madriza para sopearlo. El rictus de dolor que proyecta el castigado es indescriptible. Los ojos y la lengua casi parecían salirse de su cuerpo rayado. Un cuerpo que además tenía escritos varios mensajes de amenaza contra los adversarios.
En esta letanía sangrienta desfilan políticos, militares de élite, policías de alto nivel, asesinos de poca cepa, dilers y periodistas. La muerte jala parejo. Descuartizados, quemados, videodecapitados, ahogados y baleados son sólo algunas palabras que integran la sonata o mantra de terror que recorre el ambiente. Plegaria recitada en voz alta por un dios vengador que castiga a sus pequeños hijos. Sustituibles hijos. Impuros hijos. Entonces, la espeluznante danza macabra horroriza y fascina –por igual- a las mentes más perversas. Es como si viéramos a un anti Nerón quemar a todos los habitantes de una Roma que se pudre en el vicio y no a la ciudad.
Ellos se preocupan de que esta novela de nota roja tenga siempre un desenlace fatal en cada capítulo. A ellos hay que agradecerles esta putrefacción cotidiana… pero, ¿a quién en específico? ¿Al agente de tránsito que lo único que tiene en mente es joder a un infractor en vez de ayudarlo o cumplir con la ley? ¿A los mediocres políticos mexicanos que sólo usan el poder para satisfacer intereses de los grandes emporios y abandonan el ideal de bienestar para el pueblo? ¿Acaso es culpable la maldita pobreza ancestral de los latinoamericanos? ¿La falta de educación? ¿Todo el sistema?
Aún recuerdo el furor que se apoderó hace años de mucha personas que fueron influenciados por la epifanía de Los Tigres del norte y las epopeyas que cantaron acerca de esos seres poderosos y cuasi indestructibles que pasaban toneladas de cocaína y mariguana a Estados Unidos en camionetas con rines de oro. Muchos decían entre broma y ansiedad que el negocio del momento era convertirse en narco. Ahora que ya están allí ¿se arrepentirán de haber dado ese paso?
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Filemón Alonso - Miranda
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